Amor y cuerpo de mujer

26 de octubre de 2013

Desde que hace algún tiempo aprendí la palabra “maternar”, me gusta tenerla presente cuando estoy iniciando algo en mi vida. Maternar como sinónimo de cuidado y de mimo para lo que se está gestando, para lo que está empezando a crecer y todavía necesita largos brazos que acaricien y protejan. Maternar para crear bienestar, calorcito y que esa nueva realidad pueda desarrollarse. Tal y como necesita hacer una madre con sus bebés; tal y como necesitan los bebés para sobrevivir y ser algún día autónomos.brote

Maternar es desplegarse en el amor y así ser amor con el otro. Porque el amor es aquello que nos pone en movimiento hacia lo que deseamos para nosotros y para los demás, el que nos hace expandirnos y vibrar con los otros y con el mundo, el que nos impide caer en la indiferencia o la apatía, en el reposo absoluto que nos acerca a la muerte.  En este ejercicio de “darnos” a todo aquello que nos importa (hijos, relaciones personales, proyectos vitales, etc) recibimos mucho, pues con ello nos realizamos y nos sentimos vivos. Los griegos hablaban del Eros (que nosotros traducimos por “amor”) como de una fuerza motriz que nos empuja a salir de nosotros mismos y nos lleva hacia lo otro, hacia lo diferente de mí porque siento que eso otro, esa persona o esa realidad, me falta y quiero que de algún modo forme parte de mí y con ello me construyo. Maternar sería el tipo de amor que somos capaces de dar cuando conseguimos que el deseo, ese impulso del Eros, se satisfaga y en esa satisfacción también eso otro adquiere o completa su ser. Algo así como lo que nos dice el gran poeta José Ángel Valente:

El amor está en lo que tendemos
(puentes, palabras ).

El amor está en todo lo que izamos
(risas, banderas).

Y en lo que combatimos
(noche, vacío)
por verdadero amor.

El amor está en cuanto levantamos
(torres, promesas).

En cuanto recogemos y sembramos
(hijos, futuro).

Y en las ruinas de lo que abatimos
(desposesión, mentira)
por verdadero amor.

Sin embargo en nuestra cultura este darse a lo otro de sí se ha entendido fundamentalmente desde la maternidad (excluyendo la paternidad) de hijos biológicos: no solemos hablar del amor que necesitan nuestros trabajos o proyectos, del cuidado que requiere empezar un nuevo negocio o un nuevo curso, y todo aquello que ponemos en marcha para ser lo que somos o lo que queremos ser. Así, por extensión de la capacidad fisiológica de gestar hijos y por la tradición cultural de criarlos, esa capacidad de maternar se ha atribuido exclusivamente a la mujer. Nada más lejos de la realidad, pues se trata de una capacidad humana, no de género, que día a día podemos comprobar igualmente en los varones en el cuidado de aquello que emprenden.

Esta perspectiva de lo femenino como darse al otro ha enfadado durante mucho tiempo a las feministas que veían en ella el motivo para que ciertos roles sociales  (la madre que se queda en casa, que se dedica exclusivamente a la crianza y no puede por ello labrarse un futuro profesional ni un puesto de reconocimiento social) fueran presentados como inamovibles y fundamentadas en lo biológico. Porque además, este darse al otro se ha entendido no como algo necesario para la propia realización personal sino como un perderse en el otro: amor entendido como abnegación. Olvido de sí,  por y para el otro. La lucha por clarificar que ciertas prácticas históricas no se sostenían en cuestiones biológicas sino culturales ha permitido que hoy podamos decir que ser mujer no significa necesariamente ser madre, que hay muchos modos de “ser madre” sin tener hijos biológicos y que ser madre no excluye la participación activa de la mujer en la sociedad ni la posibilidad de desarrollarse más allá de los hijos.

Sin embargo en ese desvincular lo histórico y cultural de lo biológico la feminidad ha quedado algo desdibujada. Qué sea y cómo ha de ser una mujer es una cuestión que ha quedado abierta. Por eso pensar desde nuestro cuerpo de mujer nos puede facilitar el camino para poder responder a estas cuestiones. No se trata de volver a intentar fundamentar los roles sociales en lo biológico sino de re-pensar nuestra identidad sin excluir lo biológico. Porque hablar de igualdad de sexos en términos de derechos no significa olvidar que nosotras solo sabemos cómo es vivir siendo mujer.

Afirma la filósofa Maite Larrauri que en el siglo XVII algunos filósofos aprovechaban la distinción mente-cuerpo para elaborar un discurso misógino sobre la mujer, según el cual las mujeres somos “el imperio del cuerpo” y que por tanto todo nuestro ser se define desde lo que pasa en él (mientras que no sería así en los varones). Aunque esta visión de la mujer como ser corporal por excelencia puede interpretarse como una infravaloración de la capacidad intelectual de la mujer, a mí se me presenta en realidad como una gran oportunidad de valorar lo femenino… porque esto nos puede facilitar la comprensión de ciertas cosas que nos suceden y que vienen marcadas por los ritmos de nuestros cuerpos. Y esta es la perspectiva que permite cierta aproximación a nuestro ciclo menstrual tal y como lo hace C. Northrup en su obra Cuerpo de mujer sabiduría de mujer.

En cada uno de los ciclos vamos a poder experimentar esa necesidad de volcarnos en la generación de algo nuevo, de poner nuestras energías creativas a trabajar porque se está produciendo en nuestro propio cuerpo ese proceso.  El desarrollo del óvulo y los días fértiles de nuestro ciclo nos ponen inevitablemente en ese mirar hacia afuera, en el deseo y el amor del que hablábamos al inicio. Por eso dirán quienes miran el ciclo menstrual desde aquí que es el mejor momento para iniciar nuevos proyectos y desarrollar nuestra creatividad.

Pero además, nuestro cuerpo se convierte en el principal argumento contra esa concepción del amor como entrega desde el olvido de uno mismo, porque en nuestro ciclo vamos a experimentar que después de la mirada que nos despierta el deseo y nos permite el amor hacia los otros es necesario volver la atención hacia nosotras mismas, para no perdernos en los demás sin saber qué somos o qué queremos. Entrar en la tercera fase del ciclo, en la fase lútea, significará abandonar esa necesidad de apertura ante la necesidad del recogimiento, de no estar hacia los otros sino mirar hacia una misma, de escucharnos y ver cómo estamos viviendo en ese afuera. Dice la dra. Northrup que ser capaz de escuchar esa necesidad de mirar hacia dentro es fundamental para evitar síntomas premenstruales intensos como la irritabilidad, jaquecas u otras manifestaciones de malestar. Para que cuando llegue la sangre podamos desprendernos con ella de lo que necesitemos, de lo que no queremos y de lo que una vez fue objeto de nuestro maternar pero que ya no lo puede ser. Porque el amor no se queda simplemente en el maternar sino que continúa en el desprendimiento y sabe decir adiós a sus propias creaciones. Porque el amor sabe reconocer cuándo lo amado está preparado para volar y lo facilita. Es el límite del amor para seguir siendo amor y que no se convierta en caos, en exceso; es el principio que Pitágoras identificaba con lo masculino que hay en todo ser, incluida la mujer. Porque hablar de masculino y femenino no es hablar de hombre y mujer sino de las dimensiones posibles de todo hombre y toda mujer.

Y aunque como siempre decimos, sea importante atender a las diferencias en la vivencia del ciclo según nuestro momento biográfico personal, no podemos olvidar que nuestro cuerpo nos marca ciertos ritmos y que atender a ellos nos permitirá sentirnos más satisfechas con nuestra vida. Por eso mirar nuestro ciclo menstrual nos permite aprender muchas cosas de nosotras mismas, para poder realizarnos como mujeres en nuestros modos de amar y de amarnos.

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