Anatomía de Harry Potter -y alguno más-.

8 de febrero de 2015. jaume pey ivars

Existe una cierta tipología -no me atrevería a hablar de personajes arquetípicos, pero sí de “arquetipos de andar por casa”- de personajes masculinos adolescentes o preadolescentes cuyos rasgos se repiten en determinado tipo de historias pensadas parar ser consumidas (no exclusivamente, pero sí fundamentalmente) por varones. Son personajes que generan en el espectador varón una identificación sin reservas, por lo que me atrevería a decir que evocan el complejo lugar que ocupa la experiencia de la masculinidad -sea en hombres o en mujeres- en la primera adolescencia (“primera adolescencia”, es decir, el momento de comenzar a partir, de distanciarse de la familia, de abandonar a la madre…). A mi juicio, esta tipología viene representada a la perfección por un de los héroes infantiles de nuestra época: Harry Potter, aunque podría extenderse a otros personajes como Frodo de El Señor de los Anillos, o Bastián de La historia Interminable

potter

En ellas el protagonista es -inicialmente- un personaje más bien “invisible” socialmente, de apariencia vulgar y poco atractivo (mediano, gordo, cuatro ojos,…). Las mujeres apenas sí existen en su vida, al menos como objeto de deseo. Es un momento anterior de la personalidad, o tal vez una encrucijada distinta, en la que destaca la “medianía” o mediocridad de su experiencia social -en el caso de Potter francamente desagradable-frente al deseo -todavía no reconocido o no descubierto- de “ser alguien”, de ser llamado a tareas importantes fuera del orden de la familia y lograr una identidad socialmente reconocible y reconocida. Ese reconocimiento no puede proceder de la familia, a riesgo de no llegar a salir de ese orden… De ahí que los padres reales no suelan aparecer en ellas o, de hacerlo, sea más bien como obstáculos que como favorecedores (por lo que puede ser necesario, como vemos en Harry Potter, que esos obstáculos paternos no provengan de los “padres reales”, perdidos e idealizados, sino de la familia de adopción).

Lo que nos sitúa en la encrucijada adolescente es la experiencia de desubicación que exige del sujeto un movimiento y le empuja a no quedarse atrapado, mientras lo que parece responder a la encrucijada en clave masculina es que dicha desubicación procede del -o se dirige al- exterior, apunta al lugar social -o a la falta de lugar- del personaje. Esa experiencia parece diferenciarla de la encrucijada femenina (en hombres o en mujeres) que encontramos en historias pensadas para ser consumidas (fundamental pero no exclusivamente) por mujeres adolescentes o preadolescentes (Elsa de Frozen, Rapunzel de Enredados, Merida de Brave, e incluso Jo de Mujercitas…); historias que parten de la lucha interior de la protagonista y que nos muestran sus dificultades para adaptarse (moldearse) a la norma social; una norma además que, en contraste con el caso de los varones, ha sido explícitamente nombrada por la familia.

En ellos, sin embargo, no se sabe de entrada cuál es ese destino social al que están llamados; no ha sido nombrado inicialmente, sino que irrumpe en su vida e impone, sin haberlo elegido, un cambio radical en la vida que llevaban hasta el momento. Los personajes parecían habituados, y aunque angostados parecían asumir que esa situación era definitiva… Pero entonces reciben una inesperada “llamada” para una tarea que cumplir; una tarea que se convierte en misión y destino, y que resulta ser también una llamada a una nueva identidad y una“visibilidad” social. Aceptar esa llamada permitirá destapar eso que permanecía oculto en su interior, el “diamante en bruto” que ellos mismos ignoraban que eran: un destino oculto en su alma y su verdadero ser.

Es en ese lugar donde hay que buscar el espacio de la escisión masculina, de su insatisfacción: en la pregunta por la identidad social en relación con el deseo -más o menos fantasioso- de cumplir un papel reconocible y reconocido socialmente. Una escisión que da lugar a una cierta dialéctica entre esas cualidades que lo hacen único pero que permanecían ocultas, entre asumir la invisibilidad o la esperanza no manifiesta de “ser llamado”. No sabemos exactamente qué prefiere (¿quiere realmente Frodo salir de la comarca?), pero, sea como sea, podemos pensar que al varón se le hace duro pensar en su entrada en la normalidad social, una entrada que lleva aparejada definitivamente… bien la invisibilidad de tantos otros ciudadanos autónomos, bien la posición de prestigio de un ciudadano visible -o puede que ambos a la vez-. En este sentido nos recuerda a la elección que se le ofrece a Aquiles en la Ilíada: una vida larga y anónima, o una vida corta pero eternamente recordada.

Ahora bien, nuestro personaje no es todavía ese ciudadano, como no es todavía ese héroe, sino un “diamante en bruto” que -al menos en el libro- está destinado a la visibilidad quiera o no quiera. Y para que esto sea posible, para que la historia se inicie, será necesario que antes sea visto por la persona “adecuada”: un iniciador adulto al que entregarán su confianza (Gandalf, Danweldorf, un librero… ) y que habrá sabido ver en él esas cualidades que incluso para sí mimo permanecían ocultas. Un personaje que nos recuerda a esos tutores que en las sociedades tradicionales guiaban el tránsito del adolescente a través de los ritos de paso y que resulta esencial para que ellos descubran eso por lo que son elegidos y para que, con ello, se sepan señalados. Un adulto que, entre otras cosas, les empuja quieran o no a asumir su destino.

Así, la historia empieza cuando todavía es un niño, pero nos relata precisamente el viaje en el que deja atrás esa niñez y su “mundo familiar”; y aunque parece dejar de ser niño a causa del viaje, más bien diríamos que el viaje se le impone porque ya no es un niño, que no tiene posibilidad de elección, de no embarcarse.

Es ahí, en el viaje, donde aparecerá la lucha interior que en el caso de ellas suponía el punto de partida. Más allá de las imágenes y fantasías que pueblen ese viaje, indefectiblemente pasará de enfrentarse a los peligros y al mal que proceden del exterior a descubrir que el peligro y el mal habitan en su interior ¡Encontrará sus propios demonios! Hasta descubrir que la única opción que tienen es atravesarlos, aprender a integrarlos en su propio yo, para superar luego los peligros procedentes de fuera. El mal no puede ser rechazado o vencido sin más porque no pertenece a “lo otro de sí”, no es externo, sino que forma parte de ellos mismos. Y eso es lo que no sabe el niño y lo que debe saberse para llegar a ser adulto. De ahí que el viaje sea una experiencia tras la cual no volverán (¡cómo podrían!) a ser los mismos. Dejarán atrás la ingenuidad y la candidez infantil para dar lugar a una persona nueva, puede que más sabia, en cualquier caso con más dolor a sus espaldas.

Más allá de la niñez, finalmente alcanzarán ese lugar “de honor”, un reconocimiento público y visible logrado tras superar sus particulares pruebas de Hércules; pero eso sí, siempre tras haber dicho a su destino, es decir, tras haber podido abandonar y sin embargo haber asumido esa misión que venía de fuera y que ha pasado así a formar parte de su propia identidad. Un sí que abría la puerta tanto al riesgo de perecer de uno y otro modo -morir, olvidar, dejarse vencer…-, como al encuentro final con su verdadera voluntad (así la llama en La Historia Interminable). Un doble movimiento (decir sí y lograr su misión) con el que habrá respondido a la confianza que el adulto-tutor había depositado en él.

El resultado final es, pues, una identidad y una voluntad ganadas (autonomía) frente a una identidad impuesta y perdida (la niñez); un destino y una madurez logrados, no sin dolor, pero con merecimiento. Y este merecimiento no es trivial, pues nos sirve para diferenciar a unos de otros. De hecho, estos protagonistas suelen enfrentarse a otro tipo de personajes antagonistas que resultan populares de entrada, parecen tener un buen nivel de vida, pertenecen a una familia estructurada y, lo más llamativo, manifestan una seguridad meridiana en relación a su identidad buscada. Ahora bien, precisamente porque su punto de partida es distinto todo parece indicar que lo que logren no será merecido, no se lo habrán ganado… Si esto es así, la identificación con el protagonista y el rechazo del antagonista confirmaría que el espectador masculino se percibe a sí mismo tan desubicado como dichos personajes, tan poco llamativo o popular y que, a pesar de ello, mantiene la esperanza de ser llamado a algo mejor que le permita visibilizarle, pero -finalmente y no menos importante- con merecimiento.

En conjunto, datos suficientes para trazar una suerte de viaje iniciación del adolescente, así como, tal vez, una ética de iniciación primaria:
– Muerte del niño e inicio -inevitable- del viaje.
– Necesidad de un tutor adulto que no sea el padre o la madre.
– Ser llamado a“ser alguien” más allá de la familia (identidad social); dialéctica entre ocultación y visibilidad, entre ser único y ser como todos.
– El encuentro con los demonios: el peligro y el mal que provienen de ti.
– Decirse sí a uno mismo y ganarse (merecer) el derecho a ser quien uno llega a ser.

CONTINUARÁ