¿Arrepentirse de ser madre?

Elena Martínez Navarro

La vida sigue sorprendiéndome a través de las palabras. Algunas tienen tanto poder que consiguen arrancarme de mi lugar y me empujan para que me mueva, para que reflexione, para que escriba. Me dejan desconcertada y casi las puedo escuchar burlonas ante mí mientras me preguntan: “¿Y ahora qué? ¿Cómo te las vas a arreglar con esto?” Algo así me ha sucedido esta semana.  “Ser madre, arrepentirse y decirlo”: leer el titular y sentirme zarandeada, como si alguien me agarrase de los hombros y me agitase. Y desde que lo leí me acompaña la historia de esa socióloga israelí que ha recogido los testimonios de 23 mujeres que dicen arrepentirse de ser madres aunque amen a sus hijos. Y me pregunto por qué habrá tenido tanto eco en occidente, y empiezo por mí, para indagar qué sucede con el arrepentimiento y la maternidad.

oswaldoguayasamin_painting_ecuador_artodyssey18La interpretación más rápida de mi emoción ante esa frase y ante esta historia apela a mi experiencia como madre: ¿Será que yo también me he arrepentido en algún momento de mi maternidad? Y la respuesta inmediata es un rotundo no, casi en defensa propia;  pero cuando aparece la mediación del pensamiento más pausado entiendo que tal vez pudiera hablarse de arrepentimiento si tengo en cuenta que en muchos momentos me he sentido superada por la situación, desbordada ante la dificultad de la crianza, necesitada de espacios de soledad, de espacios de pareja sin hijas, de espacios de compartir con otras madres. Es cierto que he sentido la dificultad de volver a ser mujer después de un tiempo de ser fundamentalmente madre, que el camino de aprendizaje para integrar la maternidad en la propia experiencia no está siendo fácil y que encima aparecen un montón de fantasmas relacionados con la relación con mi madre que acaban de ponerle la guinda al pastel. Sí, todo eso es cierto, y sé que no soy la única, porque experiencias similares han salido de la boca de amigas o de compañeras en los grupos de crianza o de mujeres. Pero ¿podría afirmar que hubiese sido mejor no tener hijos? Pues la respuesta sigue siendo no. No me arrepiento de mi maternidad ni creo que muchas mujeres se arrepientan. Sí algunas, supongo, pero no la mayoría.

¿Qué es entonces lo que hace que sienta una bofetada al leer la palabra “arrepentimiento”? ¿Por qué me genera rechazo esa expresión? ¿Acaso no puedo aceptar que haya mujeres que se arrepienten de ser madres? Y mi respuesta es que se trata de una cuestión lingüística y epistemológica, se trata precisamente del poder de las palabras y de cómo abrir ciertos canales aparentemente liberadores para la mujer pueden traer detrás todo un caudal de errores opresores. Porque no son palabras inofensivas sino síntomas de una época en la que los significados atribuidos a las diferentes dimensiones de la feminidad han sido desplazados con intención de ser dirigidos hacia un determinado discurso. Algunas llaman a ese discurso patriarcal, pero en estos momentos yo lo calificaría de anti-femenino.

Por eso quiero afirmar aquí, en este blog personal y sin voluntad de convencer a nadie pero sí de suscitar la reflexión, que me parece que usar la palabra “arrepentimiento” es parte de una perspectiva castradora de la feminidad. El elemento en que me baso para llegar a esta conclusión tiene que ver con la argumentación utilizada para explicar el hecho de hay ciertas mujeres que se han arrepentido de ser madres: afirma la socióloga -según la periodista que recoge la información sobre el libro publicado- que estas mujeres se vieron empujadas a la maternidad por la presión social. Es entonces cuando aparece la indignación: ¿por qué nos califican sutilmente de estúpidas diciendo que algunas nos convertimos en madres por presión social? ¿quién puede creerse que una mujer se queda embarazada porque le dicen que es lo que debe hacer o lo que la hace valiosa socialmente sin que ello coincida con un deseo más o menos manifiesto de maternidad? ¿cómo es posible que cada vez que escucho a una mujer hablar de las presiones sociales siento que en el fondo me está hablando de otras presiones personales mucho más tiránicas que las sociales? (Yo también he buscado en numerosas ocasiones el refugio de apelar a aquello que me imponen cuando asumir las responsabilidad de lo que realmente me impongo yo era demasiado difícil de gestionar ….)

Pero sobre todo me pregunto: ¿cómo es posible que además se revista de feminismo? Parece que atreverse a decir que una se arrepiente de ser madre sea el colmo de la liberación. Hasta ahora nadie decía que se arrepentía de ser madre porque eso era síntoma claro de ser una mala madre, pero ahora ya se puede decir. Por fin nos soltamos la melena y situamos a la maternidad en su lugar. La maternidad no es un aspecto fundamental de la vida de la mujer sino solo una opción más (como qué carrera estudiar o dónde vivir). La maternidad solo es libre cuando se sitúa a la misma altura que otras posibilidades. Y además parece que aquello que pone de manifiesto que es una opción más es la capacidad de negación o incluso de renuncia a ello. Es lo que nos dijo Simone de Beauvoir: ser mujer y desarrollarse como tal es prácticamente incompatible con ser madre, porque la maternidad se convierte en un yugo, en un lastre. Y no niego el valor histórico de dicho planteamiento, pues muchas mujeres pudieron acceder al control de la fertilidad gracias a la conciencia que proporcionaron estas reflexiones, pero es necesario una revisión de dichos parámetros en la actualidad, para no hacernos daño a nosotras mismas.

La filósofa Luisa Muraro habla de los prejuicios de la mujer emancipada y creo que en este caso nos encontramos sin ninguna duda ante uno de esos prejuicios. Pensar que poder decir que una se arrepiente de ser madre es un avance porque permite poner palabras a algo no dicho, a algo no legitimado hasta el momento, me parece un auténtico engaño. Porque significa -le otorga un significado, excluyendo por tanto, muchos otros- algo que atenta contra las mujeres, contra la historia, contra su legado: porque no permite reconocer la labor de civilización de todas aquellas mujeres que han vivido su maternidad como semilla fructífera para la humanidad y para las que arrepentirse no era una palabra que pudieran usar para hablar de su experiencia de maternidad (y no porque nadie se las prohibiera sino por ser en sí misma incompatible con la maternidad). Usar la palabra arrepentirse para nombrar la maternidad nos hace un flaco favor: nos sitúa en una perspectiva consumista de la maternidad, nos aleja de las mujeres que durante siglos y siglos supieron del valor de lo que hacían como mujeres (siendo o no madres). Pero sobre todo nos coloca de nuevo ante parámetros masculinizantes para medir la feminidad: en alguno de los reportajes realizados en torno a la polémica que despierta el libro se afirma que la perspectiva de algunas de estas mujeres sobre la maternidad es que les habría gustado ser padres (varones) y no madres de sus hijos, precisamente por el grado de implicación personal que conlleva ser madre, muy diferente al de ser padre. Pero ¿cuándo vamos a empezar a valorar socialmente el privilegio de ser madres? Porque no dudo de que muchas lo hacemos en lo personal, pero ¿cuándo lo haremos como mujeres socialmente, políticamente? Hacer simbólico femenino habla precisamente de eso, de inventar nuevos modos que permitan reconocer ese más que es la feminidad para la vida.

Hablar de arrepentirse de la maternidad no es hacer coincidir las palabras con los hechos sino aprender un discurso que nos dice que las palabras para describir nuestros hechos han de ser esas y no otras. Es un error de la epistemología, de esos de los que Mª Milagros Rivera dice que generan un malestar indecible. Por eso me gustaría preguntarle a esas mujeres que se manifiestan arrepentidas de su maternidad aunque amen a sus hijos si realizar ese reconocimiento les ha hecho sentirse mejor, si les ha proporcionado luz a sus vidas, si las ha vinculado más a otras o las ha dejado más solas, más desoladas. Me gustaría saber si al hablar de ese arrepentimiento fue cuando necesitaron poner de manifiesto que adoran a sus hijos, que los aman y que no hay posibilidad de duda sobre ello.

Hablar de arrepentimiento no es hacer un quiebro del lenguaje por el que pasa aire fresco, renovado, para poder abrir caminos de libertad femenina, de independencia simbólica. Hablar de arrepentimiento respecto a la maternidad es hacer un nudo en el lenguaje que nos ata más a una perspectiva negadora de la feminidad y su independencia simbólica también en la maternidad. Hablar de arrepentimiento, además, nos coloca en una posición fálica que cree que la vida depende únicamente de la propia decisión, que si los hijos están presentes en su vida es porque nosotras lo elegimos, y aunque la vida se abre camino a través de ese sí a tener un hijo, aunque la vida se reproduce cuando nuestro deseo se pone a funcionar, es mucho más que nuestra decisión la que hizo que nuestros hijos e hijas hoy nos acompañen. Y esto es algo que sin duda aprende toda mujer que haya deseado con todas sus fuerzas un hijo y lo haya perdido en el camino. Tener hijos requiere de un sí a la maternidad por parte de la mujer (del cual una puede arrepentirse) pero no solo de eso.

Hablar de arrepentimiento ante la maternidad nos vuelve a poner ante una disyuntiva falsa: la que opone creatividad biológica y creatividad no biológica en la mujer, la que separa cuerpo y mente. Las mujeres creamos al parir hijos, al educarlos, pero nuestra creatividad no se agota en ello. Las mujeres creamos con palabras, imágenes, trabajos, relaciones, pero eso no excluye la maternidad. Porque toda creación femenina nace desde un cuerpo de mujer…al igual que los hijos, y oponer ser mujer y ser madre (seamos o no madres) nos aboca a un callejón sin salida.

Por eso afirmo que sigue siendo necesario un feminismo que no colabore con palabras y sistemas empeñados en reforzar el malestar de las mujeres en sus palabras y sus actos, un feminismo que parta de la riqueza del ser mujer en el que la posibilidad de ser madre (llegue a hacerse efectiva o no) no es una opción más, sino algo que habla de nuestra contribución a la humanidad en el sostenimiento de la vida, ahora y siempre. Por eso prefiero yo también hablar con Luisa Muraro de la “excelencia” del ser mujer. Una excelencia incomparable con la del hombre (precisamente por tratarse de realidades irreductibles la una a la otra y que en todo intento de comparación produce un pérdida para ambos) y de una independencia que no pasa por desligarse de los otros sino por crear el vínculo, por atravesarlo cuando es el momento, una independencia en la que cabe el amor y éste no es vivido con la ansiedad de la pérdida de una misma. Un amor como camino al descubrimiento del propio ser y no como impedimento para ello, que no huye de la dificultad ni se queda anclado en ella. Y este amor no es una idealización, este amor es el que las mujeres conocemos cuando ponemos en juego nuestra creatividad y parimos hijos, proyectos, trabajos, etc.

La independencia que vale no es la que solo dice yo y no: cuando hace falta, hace falta y se dice, pero no acaba ahí. La independencia pertenece, en realidad, al orden de lo posible, no en sentido puramente lógico: lo posible que lleva a ser y que acrecienta las posibilidades a nuestra disposición, hasta la posibilidad de un amor de sí que no es egoísmo, de una libertad que empieza con la libertad ajena. En breve, la independencia que vale es la que practica la relación no instrumental, “sin fin” la llama Mª Milagros Rivera en el libro sobre la revolución del feminismo (…): sin fin y sin segundos fines.”(Luisa Mu raro, La indecible suerte de nacer mujer)

P.D: Estoy deseando que empiece el Seminario Feminidades y escuchar a las mujeres inscritas en sus reflexiones sobre la creatividad femenina…. A ver qué piensan ellas de todo esto).

6 pensamientos en “¿Arrepentirse de ser madre?”

  1. Me ha gustado mucho tu reflexión. Y me sentía muy triste porque yo sí he sentido arrepentimiento, pero de no haber sido madre. Y al llegar casi al final me he sentido un poco mejor porque yo no quiero oponer ser mujer y ser madre, pero, a veces, sí he sentido una presión ( probablemente como tú decías interna) , pero era la presión de ser una mujer fallida por no ser madre.
    Imagino que debo seguir buscando la excelencia, casi mejor sentirla de verdad. No crees?

  2. Gracias CCP, por tu sinceridad y por tus palabras. Desde luego se trata de sentir esa excelencia…aunque a veces nos cueste encontrarla en nuestra imperfección. Un abrazo

  3. ¡Qué intenso!
    Yo me pregunto qué saben estas mujeres entrevistadas de sus biografías: cuál fué la vivencia y el estilo de vida de sus madres durante el embarazo, cómo fue su parto/nacimiento y su crianza, en qué ambiente educativo se desarrollaron para llegar a ser personas que permiten que sea la presión social la que toma las decisiones, cómo ha sido la vivencia de los embarazos de sus hijos y cómo han transitado sus partos y sus crianzas.
    Como conjunto social nos creemos la cúspide de la evolución y por encima de todos los seres vivos, creemos que nuestra inteligencia nos permite comprender, superar y casi burlar a la naturaleza, y nos atrevemos a interferir en los procesos naturales, fisiológicos, prestándole muy poca atención (desde el desconocimiento no consciente) a las consecuencias.
    Una mujer nace en general con el potencial de ser madre. Pero una mujer no “se transforma” en madre sólo por el hecho de ser fecundada, de que el feto crezca dentro de ella, y de que salga o sea extraído de ella en el “momento conveniente” para ser colocado en los brazos de ella o en la cuna a su lado. Una mujer se transforma en madre por la vivencia sentida en su cuerpo y en su mente, con una limitada participación del pensamiento.
    En la sociedad que hemos generado resulta muy difícil vivenciar la concepción, el tiempo de embarazo, el parto y la crianza en toda la amplitud y plenitud fisiológica que conlleva, con lo que muchas mujeres “se transforman” en madres sobre todo desde el pensamiento racional lógico y no tanto desde la sensación vivida. Así que desde esta comprensión no me extraña que algunas mujeres puedan arrepentirse de haberse embarcado en la aventura de ser madres con un flotador de pato para afrontar las tempestades.

  4. Querida compañera:
    Solo puedo decir que me permites reflexionar sobre aspectos que desde mi perspectiva filosófica muchas veces se me escapan. Y so me enriquece. Muy de acuerdo en lo que planteas, en la necesidad de hacer presente la maternidad sentida y no solo la contruída desde el pensamiento lógico-racional, maternidad desde un cuerpo que no va detrás de la mente sino que se hace presente de otro modo.
    Gracias por tu comentario.
    Un abrazo inmenso.

  5. Gracias a las dos, Elena y Alicia, porque los dos aspectos que habéis expuesto aportan mucha luz a mi corazón…

Los comentarios están cerrados.