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La sangre hecha cuento

milhazes_jpg_920x490_q95El descubrimiento de que el ciclo menstrual iba ligado a toda una serie de procesos hormonales y psicológicos que condicionaban en nosotras el proceso creativo, fue para mí -y para muchas- toda una revolución liberadora. Por fin podía comprender con mayor facilidad qué sucedía en mi cuerpo en determinados momentos del ciclo y dejar de luchar para intentar ser siempre igualmente productiva en el trabajo o en otros ámbitos de mi vida. Era normal -y esta palabra fue la clave para dicha revolución- estar más creativa en la fase inicial del ciclo que en la premenstrual. Y dicha normalización dio muchos frutos.

Después vino el tiempo en el que tuve que cuestionar el determinismo biologicista que quería instalarse en mi vida y atraparme con verdades ajenas. Tuve que desprenderme de esquemas preconcebidos y aprender que no es solo una cuestión de hormonas ni de fases, que a mí no me valen los arquetipos que marcan las fases del ciclo porque me dejan anclada en ellos y me llevan a la lucha en otro sentido: a veces me sentía tremendamente creativa en la fase premenstrual y muy paralizada en los días de la ovulación, por ejemplo. Pero este también fue un descubrimiento cargado de regalos: los de la escucha atenta de mi cuerpo, fuera cual fuera el momento del ciclo en el que me encontraba, y que la mirada sobre mí misma fuese más amplia, más generosa en la comprensión.

Ahora siento que se abre un nuevo momento de comprensión en mí en relación a la creatividad y el ciclo menstrual, y ha sido esta maravillosa frase de Carmen Martín Gaite que he escogido como título de la entrada la que ha resonado con fuerza para que pueda ponerle palabras. “La sangre hecha cuento” es el mantra que me ha acompañado en estos días de celebración del nacimiento de la luz. “La sangre hecha cuento” me abre las puertas a una luz que encuentro en mí y que va necesariamente ligada a mi cuerpo. Porque Martín Gaite acompaña esta expresión de otras dos que amplifican por mil su fuerza:

“La sangre hecha cuento. La oscuridad hecha luz. La vida hecha palabra”.

Al hacerlas presentes en mi pensamiento, al convertirlas casi en una plegaria, me regalan paz y belleza, y por eso he querido compartir hoy con vosotras mis reflexiones al respecto. Empezaré por el final:

  1. “La vida hecha palabra”

La necesidad de la palabra. La urgencia de la escritura. La vida necesita de la palabra. La vida es palabra, y la palabra es luz. Escribir para descubrirme, ante una misma y ante el mundo. Palabras para decirme ante los demás, para nombrarme una misma con lo que soy como ser diferenciado de una realidad aparentemente dada, una realidad ajena hasta que no me muestro. Escribir, nombrar, para inscribirme, como tatuaje en la piel del mundo. Nombrar, decir, escribir como forma de ordenar. Por eso escribir sobre la regla, por eso escribir un diario, un blog, lo que sea. Por eso hablar con otras de lo que me sucede, o escucharlas en lo que ellas nombran, o leer lo que ellas escriben y en ese escuchar, en ese leer, también que lo propio quede nombrado. Pero sin venerar a la palabra, sin que se convierta en ídolo, porque entonces solo será apariencia de verdad, no la verdad misma que ella me ayuda a encontrar. Como dice Platón, “el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera, el que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la predicción de Ammón, creyendo que las palabras escritas son algo más, para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura”(Fedro 274c)

Así que no sirve creer en las palabras de otra, seguir las palabras de otra. No leer para ensalzar a otra y menguarme yo. Solo leer para encontrarme. Ya no quiero gurús, aunque a una parte de mí le parezca que las necesito. No vale siquiera aferrarse a las propias palabras, las de antes, las que parecen más auténticas. Solo cabe dejarlas salir, fluir, vivir, también morir, y aprender a reconocer cuándo otras hacen lo mismo y cuándo no. (Erika Irusta ha escrito Diario de un cuerpo sabiendo de todo esto. Qué suerte, qué gusto.)

Y aunque no valgan las palabras de otras, es de otra de quien aprendimos las palabras: de la madre, fundamentalmente (también del padre, del mundo). No podemos pretender un lenguaje privado que no sería posible ni sería lenguaje. Tan solo podremos coger las palabras aprendidas y ordenarlas para que en ese orden personal se acerquen a la propia verdad.

Pero nombrar es siempre traicionar….

Dice Carmen Martín Gaite que escribir supone un acto de resignación a que las propias intuiciones, recuerdos, vivencias, se ordenen y se conviertan en otra cosa diferente a como son sentidas por una misma, para que así puedan salvarse de alguna manera. Es convertir lo indefinido e ilimitado en palabras para que sean texto y con ello sacarlas del caos. Es un acto de resignación que supone, por tanto, un acto de renuncia a la parte inaprensible, ilimitable del ser. Así que el mismo acto de escribir es al mismo tiempo un acto de pérdida irreparable para una supuesta ganancia que no siempre me convence pero que se presenta como absolutamente necesaria; y un acto de traición para que pueda surgir el orden que da sentido y me libra de la opresión de lo ilimitado. En sus bellas palabras. “La palabra es de distinta etiología, es un tratamiento mucho más lento y apagado que el de llorar o emborracharse o bañarse en el mar. (…) Pero es el único instrumento que tenemos. Y, aunque de carácter tan diferente a aquello sobre lo que opera, a la larga inyecta vida -otra clase de vida-, la rectifica, y nos salva de su ahogo” Ahora quisiera sumergirme en el mar, pero escribo.

Por eso la vida necesita ser hecha palabra. Escribir, nombrar, decir para darle alas y que se pueda marchar. Que no se quede anclado en el cuerpo en forma de dolor, de picor, de malestar. Nombrar para respirar. Decir para salir del armario.

Tal vez por eso todas necesitamos traicionar-nos para encontrar-nos en las palabras. Por eso necesitamos traicionar las palabras de otras y otros, para poder encontrar las nuestras en el fondo de las mismas palabras.

Y a veces las palabras no son solo palabras. Tal vez son colores, danza, música, barro.

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  1. “La oscuridad hecha luz”

El ciclo menstrual me permite experimentar en la propia carne cómo la oscuridad puede ser luz y cómo en la oscuridad encuentro la salida hacia la luz. Poder hablar de ello me ordena y me permite identificar oscuridad y luz y darme cuenta de que no se trata de una dualidad de opuestos sino de dos amantes entrelazados en un mismo ser. Se aman y se separan para volverse a unir. Y de su comunión salgo disparada hacia aquello que va más allá de mí y me une al mundo. Y doy gracias por ello, porque el peligro de lo cíclico es quedarme atrapada en un eterno retorno, que despierte en mí el deseo de asirme a lo primero que se me presenta como estable y que no sea puerta para lo que me trasciende. Entonces el ciclo ya es remolino sin fin que marea y no florece. El peligro de lo cíclico es que crea que el movimiento circular constituye mi fuerza y quedarme en la contemplación del mismo sin abrir los ojos a lo que me rodea. Yo prefiero el ciclo vivido como espiral que va más allá y no como círculo cerrado. La espiral va más allá del ciclo, también hacia el tiempo en que ya no haya vivencia del ciclo, cuando la fertilidad empieza a alejarse y la creatividad brota de otro modo.

Por eso hoy ya no creo que la creatividad se haga presente de modo especial en un momento del ciclo. Más bien en determinados momentos germina la semilla que surge en cada ciclo siempre que haya pasado por la palabra que ordena, que nombra, que hace presente y limita para que no todo sea caos. Sin palabra no hay luz que brota de la oscuridad; sin palabra la oscuridad es cieno.

  1. La sangre hecha cuento

La sangre hecha cuento. He necesitado media vida para poder escribir un cuento que habla de la sangre. He necesitado mucha sangre que me habló de la vida y de la muerte. He necesitado escuchar a muchas mujeres hablando de sus ciclos, de su ser mujer. He necesitado ponerme ante algunas madres para dejarles espacio y que se pusieran ante sus hijas cuando hermosas se acercaban a su primera menstruación. He necesitado verlas hablar de ello para curar la herida de mi soledad en mi menarquia.  He necesitado a mi madre. He necesitado odiarla para rescatar todo mi amor por ella. He necesitado verla frágil, mortal. He necesitado escuchar a otras mujeres hablar de sus madres. He necesitado libros, muchos libros. He necesitado el yoga y el cuerpo que me hace presente. He necesitado amor por mi mano, amor ante la discapacidad, mi discapacidad negada. He necesitado abrazos, hijas, hombres, amigas, para atreverme a traicionar la vivencia y que las palabras registraran la experiencia, para que la ordenaran y salieran de su cueva. Ya no están en la caverna. No ha sido publicado, pero sin duda las palabras en mi vida empiezan a ver el sol radiante del mediodía. ¿Qué me diría ahora Zaratustra?

“La sangre hecha cuento. La oscuridad hecha luz. La vida hecha palabra” Nada más grande. Nada más misterioso. Gracias (Namasté)

P.D : Las dos obras que aparecen en esta entrada son de la maravillosa pintora Beatriz Milhazes. Y el libro de Erika Irusta lo podéis encontrar en cualquier librería pues hace poco que está a la venta y está siendo un éxito.

 

Seminario Feminidades 2016/2017

11088336_10153124305640053_6089934984248707743_nAyer iniciamos la 4º edición del . Fue una mañana de encuentro, de empezar a conocernos, de empezar a pensar y sentir juntas. Este año una de las propuestas para comenzar fue este maravilloso poema de Alfonsina Storni de 1919… y dio mucho de sí lo que a ellas les evocaba, y dio mucho de sí empezar a pensar en grupo en la propia feminidad, en qué momento se encuentran, en cuáles son sus inquietudes en el presente, en cómo todo ello se enlaza con el pasado.

¿Y a vosotras? ¿Qué os sugiere?

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
No fuera más que aquello que nunca pudo ser,
No fuera más que algo vedado y reprimido
De familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente,
medido estaba todo aquello que se debía hacer…
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
De mi casa materna… Ah, bien pudiera ser…

A veces en mi madre apuntaron antojos
De liberarse, pero se le subió a los ojos
Una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
Pienso que sin quererlo lo he libertado yo

Por baja de última hora, queda una plaza disponible. Si te apetece incorporarte en la próxima sesión, ponte en contacto conmigo. (600920892 o elena@educer.es)

 

¿Arrepentirse de ser madre?

Elena Martínez Navarro

La vida sigue sorprendiéndome a través de las palabras. Algunas tienen tanto poder que consiguen arrancarme de mi lugar y me empujan para que me mueva, para que reflexione, para que escriba. Me dejan desconcertada y casi las puedo escuchar burlonas ante mí mientras me preguntan: “¿Y ahora qué? ¿Cómo te las vas a arreglar con esto?” Algo así me ha sucedido esta semana.  “Ser madre, arrepentirse y decirlo”: leer el titular y sentirme zarandeada, como si alguien me agarrase de los hombros y me agitase. Y desde que lo leí me acompaña la historia de esa socióloga israelí que ha recogido los testimonios de 23 mujeres que dicen arrepentirse de ser madres aunque amen a sus hijos. Y me pregunto por qué habrá tenido tanto eco en occidente, y empiezo por mí, para indagar qué sucede con el arrepentimiento y la maternidad.

oswaldoguayasamin_painting_ecuador_artodyssey18La interpretación más rápida de mi emoción ante esa frase y ante esta historia apela a mi experiencia como madre: ¿Será que yo también me he arrepentido en algún momento de mi maternidad? Y la respuesta inmediata es un rotundo no, casi en defensa propia;  pero cuando aparece la mediación del pensamiento más pausado entiendo que tal vez pudiera hablarse de arrepentimiento si tengo en cuenta que en muchos momentos me he sentido superada por la situación, desbordada ante la dificultad de la crianza, necesitada de espacios de soledad, de espacios de pareja sin hijas, de espacios de compartir con otras madres. Es cierto que he sentido la dificultad de volver a ser mujer después de un tiempo de ser fundamentalmente madre, que el camino de aprendizaje para integrar la maternidad en la propia experiencia no está siendo fácil y que encima aparecen un montón de fantasmas relacionados con la relación con mi madre que acaban de ponerle la guinda al pastel. Sí, todo eso es cierto, y sé que no soy la única, porque experiencias similares han salido de la boca de amigas o de compañeras en los grupos de crianza o de mujeres. Pero ¿podría afirmar que hubiese sido mejor no tener hijos? Pues la respuesta sigue siendo no. No me arrepiento de mi maternidad ni creo que muchas mujeres se arrepientan. Sí algunas, supongo, pero no la mayoría.

¿Qué es entonces lo que hace que sienta una bofetada al leer la palabra “arrepentimiento”? ¿Por qué me genera rechazo esa expresión? ¿Acaso no puedo aceptar que haya mujeres que se arrepienten de ser madres? Y mi respuesta es que se trata de una cuestión lingüística y epistemológica, se trata precisamente del poder de las palabras y de cómo abrir ciertos canales aparentemente liberadores para la mujer pueden traer detrás todo un caudal de errores opresores. Porque no son palabras inofensivas sino síntomas de una época en la que los significados atribuidos a las diferentes dimensiones de la feminidad han sido desplazados con intención de ser dirigidos hacia un determinado discurso. Algunas llaman a ese discurso patriarcal, pero en estos momentos yo lo calificaría de anti-femenino.

Por eso quiero afirmar aquí, en este blog personal y sin voluntad de convencer a nadie pero sí de suscitar la reflexión, que me parece que usar la palabra “arrepentimiento” es parte de una perspectiva castradora de la feminidad. El elemento en que me baso para llegar a esta conclusión tiene que ver con la argumentación utilizada para explicar el hecho de hay ciertas mujeres que se han arrepentido de ser madres: afirma la socióloga -según la periodista que recoge la información sobre el libro publicado- que estas mujeres se vieron empujadas a la maternidad por la presión social. Es entonces cuando aparece la indignación: ¿por qué nos califican sutilmente de estúpidas diciendo que algunas nos convertimos en madres por presión social? ¿quién puede creerse que una mujer se queda embarazada porque le dicen que es lo que debe hacer o lo que la hace valiosa socialmente sin que ello coincida con un deseo más o menos manifiesto de maternidad? ¿cómo es posible que cada vez que escucho a una mujer hablar de las presiones sociales siento que en el fondo me está hablando de otras presiones personales mucho más tiránicas que las sociales? (Yo también he buscado en numerosas ocasiones el refugio de apelar a aquello que me imponen cuando asumir las responsabilidad de lo que realmente me impongo yo era demasiado difícil de gestionar ….)

Pero sobre todo me pregunto: ¿cómo es posible que además se revista de feminismo? Parece que atreverse a decir que una se arrepiente de ser madre sea el colmo de la liberación. Hasta ahora nadie decía que se arrepentía de ser madre porque eso era síntoma claro de ser una mala madre, pero ahora ya se puede decir. Por fin nos soltamos la melena y situamos a la maternidad en su lugar. La maternidad no es un aspecto fundamental de la vida de la mujer sino solo una opción más (como qué carrera estudiar o dónde vivir). La maternidad solo es libre cuando se sitúa a la misma altura que otras posibilidades. Y además parece que aquello que pone de manifiesto que es una opción más es la capacidad de negación o incluso de renuncia a ello. Es lo que nos dijo Simone de Beauvoir: ser mujer y desarrollarse como tal es prácticamente incompatible con ser madre, porque la maternidad se convierte en un yugo, en un lastre. Y no niego el valor histórico de dicho planteamiento, pues muchas mujeres pudieron acceder al control de la fertilidad gracias a la conciencia que proporcionaron estas reflexiones, pero es necesario una revisión de dichos parámetros en la actualidad, para no hacernos daño a nosotras mismas.

La filósofa Luisa Muraro habla de los prejuicios de la mujer emancipada y creo que en este caso nos encontramos sin ninguna duda ante uno de esos prejuicios. Pensar que poder decir que una se arrepiente de ser madre es un avance porque permite poner palabras a algo no dicho, a algo no legitimado hasta el momento, me parece un auténtico engaño. Porque significa -le otorga un significado, excluyendo por tanto, muchos otros- algo que atenta contra las mujeres, contra la historia, contra su legado: porque no permite reconocer la labor de civilización de todas aquellas mujeres que han vivido su maternidad como semilla fructífera para la humanidad y para las que arrepentirse no era una palabra que pudieran usar para hablar de su experiencia de maternidad (y no porque nadie se las prohibiera sino por ser en sí misma incompatible con la maternidad). Usar la palabra arrepentirse para nombrar la maternidad nos hace un flaco favor: nos sitúa en una perspectiva consumista de la maternidad, nos aleja de las mujeres que durante siglos y siglos supieron del valor de lo que hacían como mujeres (siendo o no madres). Pero sobre todo nos coloca de nuevo ante parámetros masculinizantes para medir la feminidad: en alguno de los reportajes realizados en torno a la polémica que despierta el libro se afirma que la perspectiva de algunas de estas mujeres sobre la maternidad es que les habría gustado ser padres (varones) y no madres de sus hijos, precisamente por el grado de implicación personal que conlleva ser madre, muy diferente al de ser padre. Pero ¿cuándo vamos a empezar a valorar socialmente el privilegio de ser madres? Porque no dudo de que muchas lo hacemos en lo personal, pero ¿cuándo lo haremos como mujeres socialmente, políticamente? Hacer simbólico femenino habla precisamente de eso, de inventar nuevos modos que permitan reconocer ese más que es la feminidad para la vida.

Hablar de arrepentirse de la maternidad no es hacer coincidir las palabras con los hechos sino aprender un discurso que nos dice que las palabras para describir nuestros hechos han de ser esas y no otras. Es un error de la epistemología, de esos de los que Mª Milagros Rivera dice que generan un malestar indecible. Por eso me gustaría preguntarle a esas mujeres que se manifiestan arrepentidas de su maternidad aunque amen a sus hijos si realizar ese reconocimiento les ha hecho sentirse mejor, si les ha proporcionado luz a sus vidas, si las ha vinculado más a otras o las ha dejado más solas, más desoladas. Me gustaría saber si al hablar de ese arrepentimiento fue cuando necesitaron poner de manifiesto que adoran a sus hijos, que los aman y que no hay posibilidad de duda sobre ello.

Hablar de arrepentimiento no es hacer un quiebro del lenguaje por el que pasa aire fresco, renovado, para poder abrir caminos de libertad femenina, de independencia simbólica. Hablar de arrepentimiento respecto a la maternidad es hacer un nudo en el lenguaje que nos ata más a una perspectiva negadora de la feminidad y su independencia simbólica también en la maternidad. Hablar de arrepentimiento, además, nos coloca en una posición fálica que cree que la vida depende únicamente de la propia decisión, que si los hijos están presentes en su vida es porque nosotras lo elegimos, y aunque la vida se abre camino a través de ese sí a tener un hijo, aunque la vida se reproduce cuando nuestro deseo se pone a funcionar, es mucho más que nuestra decisión la que hizo que nuestros hijos e hijas hoy nos acompañen. Y esto es algo que sin duda aprende toda mujer que haya deseado con todas sus fuerzas un hijo y lo haya perdido en el camino. Tener hijos requiere de un sí a la maternidad por parte de la mujer (del cual una puede arrepentirse) pero no solo de eso.

Hablar de arrepentimiento ante la maternidad nos vuelve a poner ante una disyuntiva falsa: la que opone creatividad biológica y creatividad no biológica en la mujer, la que separa cuerpo y mente. Las mujeres creamos al parir hijos, al educarlos, pero nuestra creatividad no se agota en ello. Las mujeres creamos con palabras, imágenes, trabajos, relaciones, pero eso no excluye la maternidad. Porque toda creación femenina nace desde un cuerpo de mujer…al igual que los hijos, y oponer ser mujer y ser madre (seamos o no madres) nos aboca a un callejón sin salida.

Por eso afirmo que sigue siendo necesario un feminismo que no colabore con palabras y sistemas empeñados en reforzar el malestar de las mujeres en sus palabras y sus actos, un feminismo que parta de la riqueza del ser mujer en el que la posibilidad de ser madre (llegue a hacerse efectiva o no) no es una opción más, sino algo que habla de nuestra contribución a la humanidad en el sostenimiento de la vida, ahora y siempre. Por eso prefiero yo también hablar con Luisa Muraro de la “excelencia” del ser mujer. Una excelencia incomparable con la del hombre (precisamente por tratarse de realidades irreductibles la una a la otra y que en todo intento de comparación produce un pérdida para ambos) y de una independencia que no pasa por desligarse de los otros sino por crear el vínculo, por atravesarlo cuando es el momento, una independencia en la que cabe el amor y éste no es vivido con la ansiedad de la pérdida de una misma. Un amor como camino al descubrimiento del propio ser y no como impedimento para ello, que no huye de la dificultad ni se queda anclado en ella. Y este amor no es una idealización, este amor es el que las mujeres conocemos cuando ponemos en juego nuestra creatividad y parimos hijos, proyectos, trabajos, etc.

La independencia que vale no es la que solo dice yo y no: cuando hace falta, hace falta y se dice, pero no acaba ahí. La independencia pertenece, en realidad, al orden de lo posible, no en sentido puramente lógico: lo posible que lleva a ser y que acrecienta las posibilidades a nuestra disposición, hasta la posibilidad de un amor de sí que no es egoísmo, de una libertad que empieza con la libertad ajena. En breve, la independencia que vale es la que practica la relación no instrumental, “sin fin” la llama Mª Milagros Rivera en el libro sobre la revolución del feminismo (…): sin fin y sin segundos fines.”(Luisa Mu raro, La indecible suerte de nacer mujer)

P.D: Estoy deseando que empiece el Seminario Feminidades y escuchar a las mujeres inscritas en sus reflexiones sobre la creatividad femenina…. A ver qué piensan ellas de todo esto).

Leer es un placer… entre mujeres (Club de Lectura Mujeres de Piel)

mujer club lectura¿Has experimentado alguna vez la sensación de descubrirte en un texto? ¿Te has sentido reflejada en un poema o en un cuento y has sentido cómo tu estómago se contrae o tu respiración se acelera? ¿Has dilucidado una nueva perspectiva ante una encrucijada vital después de leer una novela? ¿Has sentido que podías tocar la verdad con tus dedos después de leer un ensayo? Pues si no lo has vivido deberías ir corriendo a una buena librería o a hablar con una bibliotecaria que te aconsejara algún texto de esos con capacidad de atravesarte, porque sin duda es uno de los placeres de esta vida, de esos que no vale la pena perderse en nuestro paso por este mundo.

Esa es para mí la magia de la lectura, el inmenso poder para el autoconocimiento que ofrecen las palabras escritas por otras u otros y que sin embargo se ajustan perfectamente a lo que puedes estar sintiendo, viviendo, anhelando. Y está claro que no todos los textos conectan del mismo modo con todas las personas. Y que muchas personas buscan en la lectura un poco de evasión en los días difíciles, en las circunstancias difíciles, pero también en la búsqueda de la distracción podemos acabar encontrándonos con nosotras/os mismas/os. Es evidente, además, que entre la ingente cantidad de publicaciones que se producen hoy en día hay textos que en absoluto tienen esa capacidad de conexión con lo humano. Pero ¡ay si te encuentras con uno de aquellos transformadores entre las manos!…seguro que ya no serás la misma persona que antes de comenzarlo. Seguir leyendo Leer es un placer… entre mujeres (Club de Lectura Mujeres de Piel)

Decir sí a la feminidad… (Seminario Feminidades)

26 de septiembre de 2015. elena martínez navarro

Hace ya mucho tiempo escuché a una mujer decir que “las mujeres queremos ser mujeres”. Aquella frase me dejó con los ojos abiertos, y una y otra vez volvía a mi mente como mensaje cifrado, como reto para ser pensado. ¿Realmente las mujeres tenemos que querer ser mujeres? ¿qué significaba aquella frase? ¿por qué la sentía como una gran verdad, obvia, explícita, pero al mismo tiempo como un tesoro por descubrir, como la perla que nunca había tenido entre mis manos? El Seminario Feminidades nace de aquella frase que sentí como un guante arrojado a mis pies, una frase que fue el inicio de un recorrido de investigación personal, de libros y de mirada hacia mi interior; una frase que también fue inicio para un deseo: el de hacer posible un espacio en que las mujeres pudieran regalarse el tiempo y el sostén necesario para descubrir ese tesoro.

Por eso no puedo estar más contenta de presentar por tercer año consecutivo y después de la buena acogida de las dos ediciones anteriores, el Seminario Feminidades como parte del proyecto Femenino Plural en Educer.mujeres

El Seminario Feminidades es un espacio en el que reflexionar y compartir qué significa ser mujer para cada una de nosotras. Un espacio de mujeres y para mujeres, para disfrutar de estar juntas, para enriquecernos desde nuestras experiencias y siempre con la tranquilidad de estar en un entorno respetuoso en el que ser sostenida.

Mediante actividades en pequeños grupos, lectura de cuentos sugerentes y el diálogo grupal, iremos descubriendo y elaborando un discurso propio sobre la feminidad. Seguir leyendo Decir sí a la feminidad… (Seminario Feminidades)

Más allá de la inteligencia emocional: un legado materno.

17 de julio de 2015. elena martínez navarro

delrevésEste fin de semana se estrena la nueva pelicula “Del revés” (Inside Out) y antes de verla prácticamente todas las madres con hijos pequeños ya estamos familiarizadas con Asco, Ira, Alegría, Tristeza y Miedo. Dicen algunos críticos de cine que es una genialidad, pero además, para las que nos interesa esto de la educación, parece una gran idea el que hayan creado una historia hablando a los niños de las emociones y de la importancia que tienen en nuestra vida. Si además es divertida, pues mejor para las que vamos a ir a verla.
Sin embargo me confieso un poco cansada de la omnipresencia del discurso de lo emocional en el ámbito educativo. Tanto a madres y padres como a maestras/os y profesoras se nos plantea el trabajo de los aspectos emocionales como la clave para una educación que proporcione felicidad a nuestros niños y niñas. Si un niño aprende a identificar que eso que está sintiendo es ira o que se siente muy feliz o muy triste, podrá gestionar mejor sus propias emociones y eso le aportará salud fisica y mental. No puedo estar más de acuerdo.  No obstante que el niño identifique sus emociones no es lo mismo que lo haga el adulto que está ante él, y gestionar no es eliminar… Seguir leyendo Más allá de la inteligencia emocional: un legado materno.

El valor de Cenicienta… En defensa de los cuentos de hadas

18 de marzo de 2015. elena martínez navarro

El próximo fin de semana se estrenará en España la película dirigida por Kenneth Branagh, “Cenicienta”. La crítica ha dicho después del estreno en Estados Unidos que en esta ocasión no se ha realizado una revisión del cuento de Disney (que no podemos olvidar que es una dulcificación del cuento clásico a costa de amputar alguno de sus aspectos más interesantes) y de nuevo se nos presenta a Cenicienta como una mujer dedicada a las tareas del hogar que espera ser rescatada por un príncipe azul. Por eso a muchas mujeres les hierve la sangre al pensar que sus hijas van a recibir de nuevo la misma historia de mujeres débiles, pasivas, que solo saben lavar, planchar y ponerse guapas frente a hombres fuertes, salvadores, seguros de sí mismos. Y esta rabia que se despierta acaba dirigiéndose contra las cuentos de princesas y hadas en general, porque supuestamente transmiten una imagen de la feminidad retrógrada y sumisa con la que no nos sentimos identificadas y sobre la que cargamos muchos de los problemas de desigualdad que supuestamente arrastramos y sufrimos las mujeres en la actualidad.

Es entonces cuando algunas abogan por cuentos políticamente correctos en los que la Cenicienta se niegue a colocarse el zapatito de cristal porque está más cómoda con sus deportivas de hacer “running”, y le dice al príncipe que no piensa ponerse en el pie ese artilugio del demonio que la oprimirá toda la vida. Es entonces cuando los políticos diseñan programas de educación en la igualdad convirtiendo al príncipe azul en compañero atento que comparte las tareas del hogar y a Cenicienta en una joven universitaria que estudia para ser médico, abogada, ingeniera o cualquier otra profesión de las de “éxito” (nunca maestra, nunca historiadora). Y es entonces cuando a mí se me revuelven las tripas como amante de la literatura (y también como profesora condenada a lidiar con los designios de cada una de las leyes de educación) y solo se me ocurre decir con Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens… “¡¡¡Bah!!! ¡¡Paparruchas!!”. Porque como una vez me dijo un filósofo que conocí, ser cabeza bienpensante no es lo mismo que pensar bien. Como filósofa intento analizar cómo es posible que hayamos llegado a este punto en el que responsabilizamos a los cuentos de tales males y me pongo a escribir en este blog, para ver si consigo mostrar con mis palabras algo de la riqueza de los cuentos, ya que tanto me han dado ellos a mí. Porque hoy me gustaría gritar a los cuatro vientos que hay pocos legados más valiosos para hacerle a nuestras hijas (y también a nuestros hijos) que los que posibilita el cuento de Cenicienta… Seguir leyendo El valor de Cenicienta… En defensa de los cuentos de hadas