Todas las entradas de: Jaume Pey Ivars

Las ceremonias del adiós.

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La primera pérdida la sufrimos al nacer siendo expulsados del vientre protector.

Luego descubrimos que nuestra madre no es nuestra y que tampoco somos su único deseo.

El mundo empuja después y nos obliga a distinguir sueño y vigilia, fantasía y realidad…

La adolescencia nos enseña unos padres que fallan, que no lo pueden todo, y que no nos gustan del todo.

En la juventud llegan las responsabilidades, pactamos con la realidad y nos vemos llevados a asumir ciertos límites.

De adultos nos falta tiempo, que es ofrecido como en un ritual a la pareja, a la casa, a los hijos y al trabajo…

Ya mayores descubrimos que ha pasado media vida y que no lo podemos todo y que hay tiempos que no volverán.

Y de ancianos renunciamos a las vidas que no tendremos, a los deseos que nos serán, a la personas que dejaremos.

 

Pero al renunciar, el anciano mira al pasado y descubre una vida larga y rica; mira al presente y sabe lo que importa de verdad.

Y al haber pasado media vida no demoras más tus proyectos, y te sientes regalado por la vida que todavía queda.

Y en su renuncia, los adultos descubren que la pareja, la casa, los hijos y el trabajo… son también el despliegue propio de su tiempo.

Y el joven, al responsabilizarse, deja de huir hacia adelante y encuentra que esta vida tiene sentido con él dentro.

Y al perder a los padres el adolescente encuentra el mundo y a sí mismo y a los otros esperando a conocerlo.

Y distinguir lo real de lo fantasioso permite al niño aprender que satisfacer sus deseos no es cosa de magia, sino del esfuerzo.

Y renunciar a nuestra madre nos permite ver al padre y también a otros seres que esperan a ser vistos.

Y, en fin, salir del vientre protector -al que volveremos- nos ofrece la oportunidad de experimentar el milagro de la vida -que es también el de la renuncia-.

 

Trazar puentes. (Vivir lo negativo)

9 febrero 2016. Jaume Pey Ivars.

1.

No estamos preparamos para lo negativo. Interpertamos el mundo en positivo y de ese modo nos disponemos a vivir, a acoger, a actuar, a esperar… proyectando la vida que queremos, no la que no queremos. Es decir, tal vez temamos lo malo o esperemos lo peor, pero no lo planificamos ni no lo buscamos conscientemente. Y cuando eso pasa, cuando buscamos morir, es precisamente porque lo negativo “ha podido” con nosotros, nos ha sorprendido y ha ocupado todo el espacio, hasta el punto de ser incapaces de asimilarlo.

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Pero lo negativo en sus diversas formas (la muerte y el duelo, el dolor y la enfermedad, el abandono y la traición, la tristeza, la fragilidad, etc…) no sólo es parte de la vida, sino que las más de las veces llega de la mano de positivo -y eso cuando no lo buscamos inconscientemente-. Por eso, porque pretendemos seguir viviendo la vida en positivo, o más claramente: porque queremos tener una buena vida…, es necesario desollar estrategias para afrontar de una u otra forma lo negativo que tiene la vida.

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El padre y la demanda materna

Jaume Pey Ivars.

No hace falta teorizar mucho sobre el complejo edípico para darse cuenta de que la virilidad del hijo se construye en contraste con la del padre, bien como modelo a imitar, bien como modelo a evitar, o más comúnmente como modelo tanto a imitar como a evitar. Sin embargo, lo fundamental es que el hijo empieza a buscar su lugar como hombre en las grietas del hombre que es el padre para la madre, puede que -freudianamente- para competir por la madre, aunque yo diría que, en todo caso, para ser visto y reconocido como hombre por la madre.

Por un lado está el hombre que puede ser y no ser en relación con el espacio que se le ofrece y permite en el marco de la familia: actitudes y conductas, emociones e ideas, prácticas y ritos que se favorecen, se toleran o se vetan, y que determinan los cauces de exploración de su virilidad. Esto depende del sistema familiar. Ahora bien, por otro lado hay un hombre que la madre espera que sea -es decir, que el niño siente (o proyecta, o imagina) que la madre espera que sea-, un hombre que se demanda, y eso depende siempre del discurso materno sobre el propio padre.

Es en este sentido que la construcción de la virilidad pasa por esas grietas que se abren en el discurso -más o menos inconsciente- de la madre sobre el padre, grietas que el hijo tratará de ocupar, ensanchar y llenar, como una forma de responder a la demanda de la madre de un tipo de hombre: el hombre que imagina que su madre espera y desea, el Hombre -con mayúsculas- que su padre no puede ser del todo. (Y es de desear efectivamente que no lo sea del todo, que haya grietas, pues de lo contrario el padre ocupará todo el espacio y difícilmente el hijo podrá hacerse hombre, sobreponerse a un padre que totalitariza y posee en exclusiva la llave de la virilidad).

Al fin y al cabo, el hijo de la madre empieza por ser un hombre fantaseado y en este sentido puede venir a reemplazar al hombre real, a la pareja, que hace tiempo le obligó a romper con su fantasía de príncipe azul… Así, perdido el ideal de la pareja y abandonado hace tiempo su propio padre, el ideal podría renovarse de nuevo a través del hijo. Y en ese contexto el hijo puede sentirse llamado a ocupar el espacio del ideal, llamado a responder a la demanda fantasiosa de la madre.

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Sobre la crisis de masculinidad

8 DE NOVIEMBRE DE 2015. JAUME PEY IVARS.

La experiencia con los grupos de varones nos dice que a los hombres nos cuesta identificar lo que es propio de la masculinidad y diferenciarlo de lo humano en general. Recientemente, enfrentados a la pregunta por “qué hitos en tu historia te han convertido en el hombre que eres“, los varones no sólo no interpretaron dicha cuestión en términos de masculinidad o virilidad (palabra hoy sospechosa y en desuso), sino que al hacérselo notar afirmaron que no acaban de “ver la diferencia” entre llegar a ser hombre y llegar a ser mujer… Se trataba, claro está, de llegar a ser humano…

Sin embargo, lo cierto es que la pregunta por la feminidad, aún en los casos en que más perpleja pueda dejar a una mujer, no deja de ser comprendida por ella -siempre y cuando no se plantee como un producto acabado, sino como un hacer, como una actividad que no puede ser clausurada-. Y sobre todo, es una cuestión perfectamente distinguible del proceso de hacerse humano. De forma que nos encontramos con que mientras los varones hoy en día se preocupan por devenir humanos, “las humanas” no han dejado de enfrentarse, de una forma u otra, a su devenir mujer.  Las mujeres queremos ser mujeres“, leíamos recientemente en el último post del Blog de mujeres, con lo que se daba a entender que podrían no querer.

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Tres anuncios.

8 de mayo de 2015. jaume pey ivars.

Es bien de mañana cuando, tras arrancar el coche, pongo la radio y me asalta una voz adulta y de hombre radiando un partido de fútbol. No retengo las palabras exactas pero es algo así: “¡El delantero se acerca al borde del área!, ¡regatea!, ¡¡va a disparar…!!” Y creo que anuncia ‘falta’ cuando se interrumpe y dice: “¡Chsssst! ¡Que viene el árbitro!”. Entonces se oye una puerta metálica y una irónica voz de mujer pregunta: “¿Qué estabais haciendo?”. “Nada”, le contesta el hombre con cierto temor… Y a continuación nos recomiendan un coche -cuya marca no recuerdo- por su amplitud.

¡Vaya! Se trataba de eso. ¡Un anuncio! Y el coche es ‘tan amplio’, nos viene a decir, que hasta padre e hijo pueden jugar al fútbol… Pero eso sí, y esto es lo que más me sorprende -lo que probablemente no revela otra cosa más que mi ingenuidad-, mientras no llegue el árbitro, es decir, la autoridad, es decir, ¡La Madre!

El anuncio es revelador porque todo buen anuncio -y este podría muy bien serlo- busca la identificación del oyente/espectador/lector… En este caso, tiene la habilidad de coincidir con el lugar que ha venido ocupando, últimamente, el padre actual en el marco de la familia nuclear. Un niño más que juega con el hijo, un entretenimiento para ese hijo -y en eso parece consistir ser un buen padre-, peligrosamente al lado del hijo y enfrente de la madre, cuya autoridad reconoce y frente a la cual cede.

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En el nombre del padre

1 de abril de 2015. jaume pey ivars

Otra encrucijada de la masculinidad (en hombre y en mujeres): EL PADRE. Y dos historias: El rey león, Cómo entrenar a tu dragón. En definitiva, el padre… y el hijo del padre.como-entrenar-a-tu-dragon padre

Cuando hablamos del padre, como de la madre, no nos referimos a la persona “real” que hay tras ese rol, sino a la posición simbólica que asume en la mente del hijo o la hija (y que no coincide, tampoco, con el padre real: es una construcción del hijo/a). De ahí que no debamos pasar por alto el hecho de que en muchas de las historias hechas para niños el padre suela ser un rey, del mismo modo que la madre suele ser más bien una madrastra (previa muerte de la madre de la infancia). En este sentido, podemos decir que el padre-rey debe tener algo que ver, en la mente del niño, con la ley, con la autoridad y la legitimidad. Pero no la autoridad de un rey tirano que se confunde a sí mismo con la ley, sino la de un rey que “representa” esa ley y trata de hacerla presente… con equivocaciones, claro, pero con sentido del deber, casi siempre. La ley ‘atraviesa’ su persona; es ante todo rey y padre, y sólo en segunda instancia hombre. Seguir leyendo En el nombre del padre

Anatomía de Harry Potter -y alguno más-.

8 de febrero de 2015. jaume pey ivars

Existe una cierta tipología -no me atrevería a hablar de personajes arquetípicos, pero sí de “arquetipos de andar por casa”- de personajes masculinos adolescentes o preadolescentes cuyos rasgos se repiten en determinado tipo de historias pensadas parar ser consumidas (no exclusivamente, pero sí fundamentalmente) por varones. Son personajes que generan en el espectador varón una identificación sin reservas, por lo que me atrevería a decir que evocan el complejo lugar que ocupa la experiencia de la masculinidad -sea en hombres o en mujeres- en la primera adolescencia (“primera adolescencia”, es decir, el momento de comenzar a partir, de distanciarse de la familia, de abandonar a la madre…). A mi juicio, esta tipología viene representada a la perfección por un de los héroes infantiles de nuestra época: Harry Potter, aunque podría extenderse a otros personajes como Frodo de El Señor de los Anillos, o Bastián de La historia Interminable

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En ellas el protagonista es -inicialmente- un personaje más bien “invisible” socialmente, de apariencia vulgar y poco atractivo (mediano, gordo, cuatro ojos,…). Las mujeres apenas sí existen en su vida, al menos como objeto de deseo. Es un momento anterior de la personalidad, o tal vez una encrucijada distinta, en la que destaca la “medianía” o mediocridad de su experiencia social -en el caso de Potter francamente desagradable-frente al deseo -todavía no reconocido o no descubierto- de “ser alguien”, de ser llamado a tareas importantes fuera del orden de la familia y lograr una identidad socialmente reconocible y reconocida. Ese reconocimiento no puede proceder de la familia, a riesgo de no llegar a salir de ese orden… De ahí que los padres reales no suelan aparecer en ellas o, de hacerlo, sea más bien como obstáculos que como favorecedores (por lo que puede ser necesario, como vemos en Harry Potter, que esos obstáculos paternos no provengan de los “padres reales”, perdidos e idealizados, sino de la familia de adopción). Seguir leyendo Anatomía de Harry Potter -y alguno más-.