De ser hija a ser madre de una hija

19 de enero de 2015. elena martínez navarro

¿Qué sucede en el interior de una mujer embarazada cuando le comunican que el bebé que espera es una niña? ¿Qué diferencia hay entre tener hijas o tener hijos? ¿por qué algunas mujeres desean con todas sus fuerzas tener una hija? o ¿por qué algunas mujeres dicen que prefieren tener varones antes que niñas?677-4-bebe-recien-nacido-durmiendo-tranquilo

Sin ninguna duda estas preguntas no tienen una respuesta generalizable para todas las mujeres, y los motivos por los cuales deseamos tener hijas o hijos solo son comprensibles desde nuestras propias historias personales y desde nuestras expectativas sobre la maternidad en relación a los diferentes sexos. No obstante sí me parece universalizable la afirmación que mantendría que no nos moviliza del mismo modo ser madre de hembras que de varones. No significa que sea mejor o peor en términos absolutos tener niñas o niños, o que no vayamos a brindarle nuestro amor por ser de distinto sexo al inicialmente deseado, pero creo firmemente que no da lo mismo.

Ser madre de una niña te ponte ante los ojos todo tu mundo en femenino, el que habla de qué y cómo son las mujeres, qué cosas dicen y hacen. Te planteas qué quieres transmitirle a tu hija, porque te gustaría que llegara a ser una mujer con una buena autoestima, con un lugar en el mundo, libre, independiente… feliz. Tener una hija te puede llevar a replantearte todos los discursos que has recibido sobre las mujeres cuando eras niña y mucho después. Los explícitos pero también los implícitos, los que subyacen a los gestos y las actitudes de las mujeres, sobre todo de la que suele ser más importante en la vida de una mujer: su madre. Más allá de todos los posibles planteamientos sobre si es bueno o no contarle cuentos de príncipes y princesas o dejarlas que vistan todos los días de rosa para que llegue a ser esa mujer futura que imaginamos, sin ninguna duda ser madre de una niña te obliga a mirar la relación con tu propia madre. La que tuviste de niña, la que tienes ahora, tanto si la madre vive en el piso de arriba y todos los días te la encuentras en el rellano cuando llevas los niños al colegio y se queda con ellos cuando están enfermos para que te vayas a trabajar, o si vive a 20000 kilómetros y solo la ves cada dos navidades; e incluso si la madre murió hace algún tiempo. Dicen que esto pasa siempre en el puerperio, sea varón o hembra el bebé que se sostiene entre los brazos, porque se trata del momento en el que la mujer tiene que pasar de ser hija a ser madre; pero la diferencia está en que una vez pasado el puerperio, si el bebé que crece es una niña, esa relación va a ir apareciendo a lo largo de toda la vida. Creo que las mujeres sabemos esto, que lo llevamos inscrito en algún lugar recóndito de nuestro cuerpo, de nuestro ser mujer, aunque esté detrás de una de esas puertas que no queramos abrir.

Hoy me atrevo a decir que la relación con la propia madre es el sustrato en el deseo de hija…

Puede ocurrir que la relación se considere muy satisfactoria y madre e hija conserven un fuerte vínculo en la edad adulta, compartiendo momentos, aficiones, y demás. Entonces el deseo de esa nueva hija puede enlazar con el deseo de una compañera de vida, de alguien que me entiende como mujer y que puede llegar a convertirse en confidente, amiga, e incluso en cuidadora. Tener un hija como forma de asegurarse una vida entre mujeres.. porque dicen que las hijas no traicionan como los hijos al buscarse a otra mujer, y aunque se vayan de casa, se casen y formen una familia siempre vuelven a la madre.

Podría suceder, también, que si la relación con la madre es o ha sido muy conflictiva, la mujer no desee tener una hija y prefiera tener varones para no reconocerse a sí misma como madre de una mujer. O todo lo contrario, que desee tener una hija porque está convencida de que ella lo podrá hacer mejor, que no caerá en los mismos errores imperdonables que cometió su madre. El deseo de tener una hija es entonces el deseo de tener una buena relación madre-hija, muy diferente a la que ella tuvo con su madre. Dos caras de una misma moneda para sentir que podemos alejarnos de aquella en quienes nos miramos para crecer como mujeres. Distanciamiento que algunos afirman es constitutivo en nosotras, es decir, que para poder ser mujer es necesario diferenciarse de la mujer que ha sido la propia madre.

No pretendo hacer un análisis exhaustivo de los motivos conscientes o inconscientes de las mujeres en nuestros deseos o no de tener hijas, y seguro que muchos son más saludables que los que yo he reflejado aquí, pero confieso que no puedo evitar pensar que todo esto está detrás del deseo de tener una hija. No llego a creerme esa afirmación que he escuchado en algunas mujeres de que desean tener una hija porque hay vestiditos más monos o porque las niñas son más tranquilas que los niños. Creo que en muchas mujeres que quisimos tener hijas había un gran deseo de recolocar esa relación con la propia madre, en alguno de los sentidos posibles de esta afirmación y que sin duda escapan a mi discurso. Porque toda mujer necesita mirar, comprender, poner palabras en la medida de lo posible a sus vivencias como hija respecto a su madre pero si todo eso se vuelca en la relación con la propia hija nos encontramos ante una de las cargas más pesadas de soportar.

Ser conscientes de qué deseamos cuando deseamos tener una hija o en la relación con ella cuando ya ha llegado a nuestras vidas y qué relación tiene con nuestra vivencia en la relación con nuestra madre puede ser fundamental para liberar a tres generaciones de mujeres de los hilos invisibles que mueven sus relaciones. Sobre todo para liberar a esa hija deseada cuando deja de ser parte del imaginario y se convierte en un ser real. Porque no hay nada tan limitante como sentir que has venido a este mundo con la finalidad de sanar una herida que no es tuya. Porque las expectativas que ponemos en los hijos, las que les pueden ayudar a crecer, a sentir que son importantes para sus padres, nada tienen que ver con estas otras expectativas de reparación de supuestos errores en las relaciones con nuestros padres.

Atreverse a mirar la relación con la propia madre, tanto si se tienen hijos como hijas, tanto si se es madre como si no, para poder abordar la propia feminidad desde la responsabilidad de hacerse cargo de la propia vida. Atreverse a abordar la relación con la propia madre sin esperar que sea nuestra hija quien resuelva nuestras posibles insatisfacciones, para cortar dinámicas que hieren, que transfieren resentimiento, que impiden la comunicación. Aceptar las propias contradicciones en la relación con la propia madre para aceptar en un futuro las ambivalencias que nuestras hijas sentirán (y tal vez mostrarán abiertamente) con nosotras. Desprendernos de las idealizaciones sobre nuestra madre y liberar a nuestras hijas de nuestras proyecciones al respecto de cómo debe ser una relación madre-hija y cómo debe ser una mujer. Para ocuparnos de nuestra propia responsabilidad en las relaciones con nuestras madres y con nuestras hijas; para dejar de desear que otras (madres o hijas) sean como queremos que sean y ponernos en el camino de buscar ser quien queremos ser. No pensar en cómo podría ser la relación con la madre si las cosas fueran de otro modo, sino pensar en cómo es esa relación y en qué lugar me quiero posicionar para sentirme bien conmigo misma. No vivir pensando en qué necesita escuchar mi hija para ser libre e independiente sino qué necesito yo para serlo y que el afán por sus cuidados no esconda que no me ocupo de lo mío.

Encontrar un lugar en el que situar la relación con la propia madre para que ésta no se convierta en el eje de la relación con la propia hija, para dejar espacio a que crezca algo nuevo con cada nueva generación. Liberar las relaciones permitiendo que entre el aire fresco. Pero sobre todo dejar espacio para construirse como persona porque en esto de la feminidad entran otros elementos más allá de ser hija, más allá de ser madre, siendo mujer.

P.D: Este artículo -como el resto de los de este blog- no pretende ser ninguna Verdad. Todo lo que escribo nace de mi experiencia y también de mis reflexiones como mujer a la que le gusta pensar con cierto aire filosófico. En esta ocasión me tomo la libertad de decir unas cuantas cosas sin demasiadas justificaciones, solo por la necesidad de escribirlas y porque tal vez puedan resonar en alguien y serles de alguna utilidad.

(A Magdalena Carbonell , mi abuela materna, por todo lo que me ha enseñado su vida)