El instante de la sombra más corta

9 de diciembre del 2014.  JAUME PEY IVARS

Se dice que Diógenes el cínico un día apareció por las calles de Atenas con una lámpara en mano gritando: “¡Busco un hombre!”, y que al encontrarse de cara con alguno que se le presentaba le espetaba: “he dicho hombres, no mierdas”. Diógenes ponía en duda el ser hombre de sus contemporáneos, pero creo que, con más razón, podríamos hoy acudir a las calles y preguntar por el hombre de nuestro tiempo. Tal vez, jugando con la célebre historia de Nietzsche, podríamos imaginar a un loco entrando en el mercado gritando “busco un hombre”, y escucharle luego decir, ante las indudables burlas de los demás: “no saben que el hombre ha muerto, lo hemos matado”… solo-ante-el-peligro

No pretendo insinuar, claro está, que hayamos matado al hombre, ni que ya no haya hombres “de verdad” o algo por el estilo, pero sí que tal vez tenga sentido preguntarse qué ha sido del hombre desde que en su versión tradicional -aquella según la cual acababa convirtiéndose en cabeza de familia, fundando una prole y dándole un apellido, sosteniéndola económicamente y protegiéndola,…- ha dejado de gozar entre nosotros, probablemente con razón, de buena prensa. Preguntarse con seriedad por la actualidad de la “virilidad”, un término que los antiguos situaban entre los valores positivos y que para nosotros ha pasado a ser, como mínimo, tan sospechoso como para que lo que hemos contado al principio pueda ser leído como una historia con un cierto halo machista -o al menos eso me parece a mí-.

En este sentido, creo que una de los lugares donde buscar es en el cine. Sería un trabajo sociológico interesante -que confieso no voy a hacer- echarle un vistazo a la temática y la estética de la mayoría de películas actuales pensadas para ser consumidas por hombres. Por mi parte, lo que a mí me gustaría es preguntar, en relación con ello, por el motivo de casi la total desaparición en el cine actual de los westerns; un género con unas claves muy definidas y que, aparentemente, han sido incapaces de resistir a su revisión (películas como Brokeback Mountain perecen haber servido más bien para firmar el sepelio que para revivirlas). Y me arriesgaría a decir este cambio no se debe a una cuestión de moda sino a un cambio en los cánones de la virilidad.

En este sentido, preguntarse por el hombre en los westerns es en cierto modo preguntarse por el hombre que ya no somos. Propongo por eso ocuparnos de la virilidad tal y como aparece en una de las películas más representativas del género: High noon, traducida en España como Solo ante el peligro (y en la versión argentina A la hora señalada”). Recordemos la historia:

Un hombre (Gary Cooper) se acaba de casar con una bella, rubia y angelical muchacha (Grace Kelly) dejando atrás tanto su condición de sheriff del pueblo -¡representante de la ley!- como sus relaciones con una mujer mejicana, morena, con un negocio de éxito y mucho menos angelical (Katy Jurado). Justo después de casarse se enteran de que han indultado a un criminal al que él había detenido y que vuelve para vengarse junto con sus secuaces. Empujado por sus conciudadanos y amigos, huye de la ciudad, pero de camino y ante la incomprensión de su mujer decide volver y enfrentarse. Podemos suponer fácilmente que lo hace por sentido del deber, porque si no lo hiciera probablemente no podría volver a mirarse a los ojos…

Lo que viene a continuación es un ejemplo de lo que Jordi Claramonte ha denominado “desacoplamiento”, rasgo con el que cargan los protagonistas -masculinos- de dichas películas y que daría sentido al género western. El desacoplamiento es la experiencia de un sujeto que no entiende qué está pasando, que aparece fuera de juego o “sin el suelo bajo de los pies”, al que se le escapa el sentido de los fenómenos sociales que suceden a su alrededor… Pero cuyo sentido de la dignidad le lleva a enfrentarse a dichos acontecimientos, agarrar el toro por los cuernos y “hacer lo que debe hacer”, incluso a riesgo de su propia vida.

En esta película, al volver el protagonista se encuentra literalmente fuera de lugar: él sabe que es necesario enfrentarse a los malhechores, que la vida en comunidad es incompatible sin el ejercicio de la ley, pero nadie le respalda… Su mujer le pide que se centre en ellos dos, le viene a decir que se ocupe de ella y de formar la familia que desean: “tenemos toda una vida por delante”. Los vecinos, por su parte, creen que mal que bien se las apañarán sin él, que lo importante es el desarrollo económico del pueblo, incompatible con la imposición estricta de la ley que él pretende y representa… ¡Quieren pactar!

Todos conocéis cómo estimo a este hombre: es un hombre honrado y valeroso. No tenía por qué haber vuelto hoy aquí. Y en interés suyo y nuestro, ojalá no lo hubiera hecho”.

Reconocen su valentía y honradez, pero eso no es lo adecuado porque no interesa.

Gary Cooper, sin embargo, encarna “al hombre” porque es capaz de enfrentarse, solo, a la muerte, por sentido del deber, y por eso a un hombre que no puede ser más que incomprendido.

Aclaremos que el protagonista no es un caballero mítico, invencible y sin aristas; la película nos muestra al hombre real que, como nosotros, tiene miedo, llora, se desespera y se enfada, ¡está a punto de huir!… Sin embargo, nuestro reconocimiento de su hombría está en que se recompone y decide actuar de acuerdo con lo que sabe -con lo que todo espectador sabe- que está bien y debe hacerse. De ahí que el título original sea más certero que la traducción española, porque no se trata únicamente de que esté solo ante el peligro. High noon significa a mediodía, pero también “la hora de la verdad” (Las doce, mediodía, “el instante de la sombra más corta” -dirá Nietszche-).

La hora de la verdad, la hora en que se distinguen los hombres de de los que no lo son, en la que un hombre debe comportarse como tal. Y el hombre se mide, primero, por su sentido del deber, que antepone a los intereses prácticos y al asentimiento del grupo; segundo, porque no entiende la vida sin dignidad; tercero, por la forma en que se enfrenta a la muerte. La película nos cuenta la historia de un hombre que, finalmente, asume su soledad, escribe su última voluntad, acude a la barbería para que la muerte no le coja desarreglado, y tras pedir que continúen con el ataúd acude con firmeza al encuentro con la muerte.

Ahora bien, la película nos reserva un giro final… El protagonista ha de morir, es inevitable, ¡son demasiados! Sin embargo, su mujer, que ha vuelto al oír los primeros disparos, justo cuando él está malherido, sin fuerzas y a punto de morir, dispara un arma y mata a uno de los malhechores. Reconoce así al hombre con el que se ha casado, la hombría -no compartida ni comprendida- del hombre.

Así descubrimos, en primer lugar, que el hombre real no puede coincidir con el ideal (creer esto sería psicosis), que pretender identificarse lo llevaría sin más a la muerte… No es un héroe imbatible, un superhéroe, si no muere es porque finalmente vienen al rescate. Y en segundo lugar, que sólo puede sostenerse como hombre y erigirse en representante de la ley con el apoyo de su mujer, con el reconocimiento de la mujer. Es ella, en última instancia, quien lo reconoce hombre y con ello le salva de la destrucción. Es así como ella, por su parte, asume su ser mujer antes que ser hija o madre, o incluso su ser mujer como único camino viable para su ser madre.

Puede que, efectivamente, estemos muy lejos… No lo sé, habrá que pensarlo.