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El padre y la demanda materna

Jaume Pey Ivars.

No hace falta teorizar mucho sobre el complejo edípico para darse cuenta de que la virilidad del hijo se construye en contraste con la del padre, bien como modelo a imitar, bien como modelo a evitar, o más comúnmente como modelo tanto a imitar como a evitar. Sin embargo, lo fundamental es que el hijo empieza a buscar su lugar como hombre en las grietas del hombre que es el padre para la madre, puede que -freudianamente- para competir por la madre, aunque yo diría que, en todo caso, para ser visto y reconocido como hombre por la madre.

Por un lado está el hombre que puede ser y no ser en relación con el espacio que se le ofrece y permite en el marco de la familia: actitudes y conductas, emociones e ideas, prácticas y ritos que se favorecen, se toleran o se vetan, y que determinan los cauces de exploración de su virilidad. Esto depende del sistema familiar. Ahora bien, por otro lado hay un hombre que la madre espera que sea -es decir, que el niño siente (o proyecta, o imagina) que la madre espera que sea-, un hombre que se demanda, y eso depende siempre del discurso materno sobre el propio padre.

Es en este sentido que la construcción de la virilidad pasa por esas grietas que se abren en el discurso -más o menos inconsciente- de la madre sobre el padre, grietas que el hijo tratará de ocupar, ensanchar y llenar, como una forma de responder a la demanda de la madre de un tipo de hombre: el hombre que imagina que su madre espera y desea, el Hombre -con mayúsculas- que su padre no puede ser del todo. (Y es de desear efectivamente que no lo sea del todo, que haya grietas, pues de lo contrario el padre ocupará todo el espacio y difícilmente el hijo podrá hacerse hombre, sobreponerse a un padre que totalitariza y posee en exclusiva la llave de la virilidad).

Al fin y al cabo, el hijo de la madre empieza por ser un hombre fantaseado y en este sentido puede venir a reemplazar al hombre real, a la pareja, que hace tiempo le obligó a romper con su fantasía de príncipe azul… Así, perdido el ideal de la pareja y abandonado hace tiempo su propio padre, el ideal podría renovarse de nuevo a través del hijo. Y en ese contexto el hijo puede sentirse llamado a ocupar el espacio del ideal, llamado a responder a la demanda fantasiosa de la madre.

Es habitual que en nuestro grupo de padres se hable de las propias madres como el sostén de la familia cuando ellos eran pequeños, como las responsables casi únicas de su crianza, normalmente destacando la flagrante “ausencia” del padre. No descubro nada nuevo, pues es casi una cuestión de época. Frente a ello, nos posicionamos como un “nuevo tipo de padre”, un padre que no quiere renunciar, un padre que quiere estar, y criar, y educar, y sostener… El deseo de ser un padre como no fue nuestro padre.

Y sin embargo, hay en ello un doble juego. Por un lado, al posicionarnos así tomamos partido por la madre, confirmando esa ausencia del padre en nuestra infancia, para declarar a continuación no querer repetirla, que no queremos ser padres ausentes. Ahora bien, por otro lado, lo cierto es que esa “ausencia” no fue especialmente traumática y no suele ser relatada como tal -excepto en los casos, claro está, en que de hecho no hubo padre o en los que éste perdió toda legitimidad-. Y un padre que representa un modelo de paternidad que no se quiere repetir es de literalmente un padre modélico (representa un modelo de paternidad con la que contrastar la propia).

Eso hace que nos preguntemos hasta qué punto, al querer ser otro tipo de padre, no hay de nuevo un intento de ahondar la grieta, un nuevo intento de responder a la demanda materna y de ser un tipo de hombre, en este caso un padre, como no ha sido ni puede padre de uno. Si esto es así, no habría estrictamente hablando ruptura con la madre, sino un renovado deseo de ser reconocido como hombre, incluso como más hombre -o mejor, o más genuino- que el padre.

Era esa una dinámica que parecía haberse dejado atrás, pues había habido ya un abandono de la propia madre por otra mujer; una mujer que, por más señas, al convertirse en pareja nos había permitido confirmarnos como hombres -a pesar de o más allá de la madre, que afortunadamente habría elegido otro hombre-. Sin embargo, el nacimiento del propio hijo parece empujarnos de nuevo (como en una regresión) a la misma dinámica en la que nos posicionábamos como hijos con respecto a la propia madre. Una suerte de actualización (infantilización, dicen las mujeres) que renueva la necesidad de ser reconocido por la madre (normalmente la nueva madre, aunque la propia madre podría no haber dicho la última palabra), para lo cual se encuentra uno de vuelta al esquema de demanda y de respuesta, bien para repetirla sin más, bien -deseablemente- para posicionarse con cierta consciencia con respecto a ella.

En última instancia, cuando el padre de hoy quiere ser un padre perfecto, un padre 10, es porque espera que la madre así lo reconozca -si bien es de desear que esa madre sea la “nueva” madre, su pareja-. En ese punto, el tradicional “que no le falta de nada a mi familia”, a mi mujer y a mis hijos, se reproduce en este esquema “moderno” traducido a que no sientan -ni expresen- necesidad, o al menos una necesidad que no podamos satisfacer; es decir, traducido en que no necesiten. Para ello hay que ser capaz de responder, incluso de anticiparse, a toda demanda posible. (La primera, claro está: que no les falte padre, que no se ausente). Así, construimos un ideal en relación a esas demandas, con el objetivo final de anticiparnos para que no llegue a necesitar y demandar jamás nada.

La realidad, más tarde o más temprano, pone al padre reciente en su sitio. Al ocuparse de las demandas de la nueva madre el padre reciente puede sentir que anda como pollo sin cabeza: que no acertamos al priorizar las demandas, que se demandan cosas contradictorias, que la satisfacción no es suficientemente buena o que cumplir con lo que se nos pide no satisface a la madre… La ropa nunca es la acertada ni los calcetines adecuados. El cuidado del bebé suele ser manifiestamente insatisfactorio o insuficiente. Si dejamos espacio parece que no nos implicamos, si nos implicamos no dejamos espacio…

En definitiva, la madre no parece reconocer -como esperábamos- al hombre 10 que hace tanto más de lo que hacía nuestro padre… Y al poco el trabajo parece la única salida, un lugar donde descansar y airearnos, donde las normas y lo que se espera de nosotros está meridianamente claro… Pero ahí es donde radica el problema, en anteponer lo que pensamos que se espera de nosotros a la experiencia de la paternidad, en anteponer las expectativas propias o ajenas a las dificultades, a la revolución familiar y personal, a las necesidades reales. El problema se halla en centrar nuestra relación entorno a la demanda, cuando de hecho no podemos anticiparnos a toda demanda, no toda demanda debería ser satisfecha, y además es deseable que no sea así.

– No es deseable porque bajo la óptica de la demanda ni la madre ni el padre recientes aparecen como sujetos, sino como instrumentos y objetos. Un sujeto es alguien que necesita, desea y se ocupa de su satisfacción: un sujeto que ya no necesita nada -al que le dan todo lo que pueda necesitar- no puede propiamente desear y por eso no puede ser sujeto; mientras que otro se ocupa de los supuestos deseos de otro no se ocupa de los suyos.

– No es posible porque el ser sujeto no se agota en la demanda, sea ésta expresada o no. Pretender que alguien deje de desear quiebra toda posibilidad de comunicación real entre sujetos, basada en la insatisfacción e inadecuación, en la profunda experiencia de ser sujeto vacío. Es esa inadecuación la que nos acerca al otro como ser real, ya no como personaje ficticio de nuestra imaginación.

– Finalmente, tampoco debería porque no toda demanda es razonable ni, aunque provenga de un sujeto adulto, tiene por qué estar necesariamente relacionada con las necesidades reales. Demandar es una forma, en definitiva, de no afrontar el deseo.

El ideal de padre 10 está profundamente equivocado. Primero porque ser padre 10 no es precisamente lo mismo que ser un hombre. Segundo, porque hay que empezar asumiendo que se va a fallar y dejarlo patente, pues eso obliga a ocuparse de lo necesario, de lo que no se puede dejar para otro momento, de lo que no se puede dejar de satisfacer. Y me atravería a decir que eso es bueno tanto para el padre como la madre. Es una oportunidad que tenemos como padres de traer la realidad a la crianza.

La función paterna aparece así como función de realidad, como una forma de confrontrar las expectativas y fantasías anteriores a la crianza con lo necesario; en última instancia, como una forma de ordenar el caos y la revolución de la perinatalidad.

Sin embargo, hay aquí también una pequeña trampa: “debes ocuparte de tus necesidades por el bien de la familia”. Eso es cierto, pero de hacerlo por el bien de la familia es una forma de repetir el mismo esquema: anticiparse a la demanda, evitar la necesidad de la familia de que se aleje… Es una forma sutil, pero muy racional, de no salir del esquema.