El valor de Cenicienta… En defensa de los cuentos de hadas

18 de marzo de 2015. elena martínez navarro

El próximo fin de semana se estrenará en España la película dirigida por Kenneth Branagh, “Cenicienta”. La crítica ha dicho después del estreno en Estados Unidos que en esta ocasión no se ha realizado una revisión del cuento de Disney (que no podemos olvidar que es una dulcificación del cuento clásico a costa de amputar alguno de sus aspectos más interesantes) y de nuevo se nos presenta a Cenicienta como una mujer dedicada a las tareas del hogar que espera ser rescatada por un príncipe azul. Por eso a muchas mujeres les hierve la sangre al pensar que sus hijas van a recibir de nuevo la misma historia de mujeres débiles, pasivas, que solo saben lavar, planchar y ponerse guapas frente a hombres fuertes, salvadores, seguros de sí mismos. Y esta rabia que se despierta acaba dirigiéndose contra las cuentos de princesas y hadas en general, porque supuestamente transmiten una imagen de la feminidad retrógrada y sumisa con la que no nos sentimos identificadas y sobre la que cargamos muchos de los problemas de desigualdad que supuestamente arrastramos y sufrimos las mujeres en la actualidad.

Es entonces cuando algunas abogan por cuentos políticamente correctos en los que la Cenicienta se niegue a colocarse el zapatito de cristal porque está más cómoda con sus deportivas de hacer “running”, y le dice al príncipe que no piensa ponerse en el pie ese artilugio del demonio que la oprimirá toda la vida. Es entonces cuando los políticos diseñan programas de educación en la igualdad convirtiendo al príncipe azul en compañero atento que comparte las tareas del hogar y a Cenicienta en una joven universitaria que estudia para ser médico, abogada, ingeniera o cualquier otra profesión de las de “éxito” (nunca maestra, nunca historiadora). Y es entonces cuando a mí se me revuelven las tripas como amante de la literatura (y también como profesora condenada a lidiar con los designios de cada una de las leyes de educación) y solo se me ocurre decir con Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens… “¡¡¡Bah!!! ¡¡Paparruchas!!”. Porque como una vez me dijo un filósofo que conocí, ser cabeza bienpensante no es lo mismo que pensar bien. Como filósofa intento analizar cómo es posible que hayamos llegado a este punto en el que responsabilizamos a los cuentos de tales males y me pongo a escribir en este blog, para ver si consigo mostrar con mis palabras algo de la riqueza de los cuentos, ya que tanto me han dado ellos a mí. Porque hoy me gustaría gritar a los cuatro vientos que hay pocos legados más valiosos para hacerle a nuestras hijas (y también a nuestros hijos) que los que posibilita el cuento de Cenicienta…

Existen numerosos estudios desde el ámbito de la psicología que argumentan sobre los beneficios de los cuentos de hadas para el desarrollo de la psique infantil. La Asociación por la salud mental infantil (ASMI) ha puesto especial interés en que esto sea reconocido y ha hecho públicos varios artículos que hablan de ello (alguno de los cuales enlazamos al final de esta entrada). Leer cuentos de hadas clásicos a los niños y niñas es bueno para ellos, pues en los cuentos los niños van a encontrar todo aquello que ellos experimentan a nivel emocional en su día a día y que necesita ser procesado a nivel interno (entre otras cuestiones que también estarían implicadas en su crecimiento y que no me corresponde a mí explicar). En el cuento el niño puede encontrar el anclaje que le permita elaborar muchas de sus inquietudes vitales. Por eso eliminar los elementos escabrosos, de miedo, angustia, o muerte que en esas historias pueden aparecer es considerado por algunos de estos profesionales como absolutamente contraproducente, pues hará que el cuento pierda parte de su eficacia a nivel psicológico. Es decir, que para que el cuento pueda ser útil en este sentido Caperucita debe ser devorada por el lobo, la Ratita presumida por el gato, y Barba Azul debe tener una habitación repleta de cabezas de mujeres con el suelo cubierto de sangre coagulada que al entrar hace chop, chop… Así, querer que nuestros hijos no se enfrenten a la crueldad en los cuentos les proporciona menos recursos para enfrentarse, por ejemplo, a la crueldad que sin duda van a encontrar en sus sueños y en algunos humanos que se comportan como ogros. Por tanto, si alguna vez nos planteamos si decirle a nuestros hijos que la madrastra del cuento del Enebro mandó hacer morcillas con su hijastro y se las puso al padre para que se las comiera, no dudemos ni un momento en contar la versión completa de la historia.

Estas argumentaciones basadas en lo psicológico no parecen, sin embargo, acabar completamente con la interpretación de que los cuentos de hadas refuerzan estereotipos al transmitir un modelo de feminidad poco adecuado, pues podríamos decir que le sirven al niño o la niña para gestionar ciertas emociones pero que a la vez les hablan de ciertos roles sociales (e incluso principios morales) que no deseamos perpetuar en el tiempo. Un pequeño análisis filosófico sobre el carácter simbólico del cuento nos permitirá ver la cuestión desde otra perspectiva.

Y es que cuando afirmamos que un cuento como Cenicienta transmite la imagen de la mujer pasiva, sumisa y dependiente de un hombre es porque lo estamos contemplando con los cristales que nos hacen verlo así. Porque si bien es cierto que podemos comprender el cuento porque narra una historia que habla en términos que conocemos, los elementos que en esa historia aparecen son permeables a nuestra propia interpretación y por ello abren la posibilidad de proporcionar un sentido más allá del que parece estar inscrito en esas palabras. Los cuentos abren el horizonte simbólico, esto es, posibilitan encontrar nuevos significados para estructurar nuestra comprensión de la realidad y no únicamente nuestras emociones; pero precisamente por ello las interpretaciones que nosotros damos de ellos manifiestan a su vez la concepción del mundo de la que partimos. El lector o el oyente de un cuento va a poner en él lo que piensa sobre la vida, sobre las relaciones con los demás, sobre sus principios morales y su propia autobiografía. Lo que piensa a nivel consciente pero sobre todo, inconsciente. Porque el cuento no tiene un significado cerrado y esa es precisamente su riqueza. Esto es precisamente lo que los hace tan valiosos a nivel simbólico para los niños, pues al mismo tiempo que transmite al niño que hay un orden en el mundo, abre la posibilidad de nuevas significaciones pegadas a su propia existencia individual. Y esta sería la diferencia entre la lectura de un niño y la de un adulto: el adulto ya parte de lenguajes y creencias que marcan su acercamiento a la historia, pero el niño los está construyendo y aprendiendo, y se acerca a ellos desde sus propias vivencias, esas que debe ir elaborando a nivel psicológico. El niño está entrando en el juego simbólico de su cultura, de su familia, en el inicio de los significados de su mundo, y la libertad de significados que posibilita el cuento le permitirá aportar su individualidad a esta difícil tarea.

Esto explicaría que hoy en día veamos a Cenicienta como una mujer sumisa, porque las mujeres que lanzan esa interpretación contemplan a la mujer que se dedica a las tareas del hogar o que centra su vida en el amor como paradigma de la mujer “de antes”, esa que ya no queremos ser. Mujeres que han crecido en el feminismo de la igualdad, que han estudiado una carrera, experimentadas en las relaciones de parejas las cuales distan mucho de ese amor romántico adolescente que parecen ver en el cuento. Por eso nuestras abuelas no habrían imaginado estas interpretaciones de Cenicienta. No es que estuvieran ciegas y ahora nosotras hemos descubierto la luz de lo que este cuento transmite, sino que la luz con la que lo contemplamos ahora es diferente a la suya.

Pero además, en tanto que el cuento tiene esta capacidad de apertura simbólica desde el orden, desde la estructuración de la realidad, el cuento nos acerca a la realidad de lo que somos como humanos por el camino de sacarnos de ella. Es como si nos permitiera mirarnos a nosotros mismos por un agujerito en lo que somos junto a los demás, en las dificultades de las relaciones y de las emociones, y al poder tomar distancia todo adquiere un significado, un sentido. Cuando el cuento se inicia y alguien dice “Érase una vez” sabemos que nos adentramos en un tiempo y un espacio fuera del tiempo y el espacio ordinarios, tiempo en el que cualquier cosa es posible pero que a la vez no es ilimitado sino que se resuelve dentro de unas condiciones sobre las que se crean las más ingeniosas y maravillosas opciones vitales. El “érase una vez” nos coloca detrás de ese agujerito, nos convierte en espectadores de nosotros mismos. Porque en el espacio lejano del cuento encontramos personajes con las características más humanas que podamos imaginar: siempre son hijos de madres que mueren pero dejan la huella del amor incondicional en ellos, de padres que sufren, que se vuelven a enamorar, que tienen que trabajar, hijos que se enfrentan a problemas y deben buscar soluciones por sí mismos, en un mundo de relaciones difíciles con los demás, con cuerpos que enferman, que se cansan, que pasan frío y necesitados de comer, de dormir… personajes que a veces manifiestan fortalezas que estaban ocultas, que no todos son capaces de ver, que les permiten afrontar la vida de un modo diferente a como todos esperan o imaginan. En cada una de estas circunstancias tan aparentemente alejadas de las nuestras encontramos sin embargo una gran similitud, una hermosa conexión que nos ayuda a comprender, a sacar lo mejor de nosotros mismos, a investigar nuestras posibilidades y nuestras potencialidades. . Los cuentos de hadas nos recuerdan que somos ser limitados, condicionados, que no existe la libertad absoluta, que vivimos junto a otros pero que dentro de estas condiciones somos capaces de experimentar y provocar siempre genera las mayores alegrías y las mayores bondades. En los cuentos no tiene cabida la ilusión de la ilustración de que el sujeto es un ser definido desde su racionalidad, desde su capacidad de abstracción para elaborar el conocimiento, un ser que es sobre todo mente, un sujeto universal racional cuyo cuerpo es un estorbo o como poco, un elemento irrelevante. En los cuentos no existe el sujeto de la ciencia moderna y la moral kantiana, el que busca valorar siempre desligado de las circunstancias particulares, del ser individual con el objetivo de ser lo más objetivo posible. En los cuentos no tiene cabida el sujeto de la modernidad, ese sujeto muerto, porque en él no hay ningún signo de vida real: no respira, no nace, no muere… parafraseando a Shakespeare, no sangra cuando le pinchan.

Así que después de todas estas reflexiones me gustaría invitar a todas las mujeres del mundo a leer Cenicienta, la de los Hermanos Grimm, porque si bien es posible una interpretación de la que anteriormente hablábamos de una mujer sumisa, también podemos encontrar muchas cosas más cuando cambiamos la perspectiva: una mujer que sabe que debe hacer su camino sola, pero que siempre contará con el tesoro que su madre le regaló, el del amor que la trajo a la vida; una mujer que valora la belleza pero no los bienes materiales en sí mismos pues no le pide al padre piedras preciosas sino una rama de un árbol como regalo de su viaje; una mujer que persigue su deseo a pesar de los obstáculos y de la maldad del mundo que la rodea; una mujer que encuentra en la naturaleza un aliado cuando se acerca a ella desde el corazón y el respeto; la confianza en que si persevera en su intención de vivir desde el amor, el trabajo y el respeto, el mal no tendrá ningún efecto sobre su vida, no conseguirá aplastarla ni arrebatarle aquello que verdaderamente es valioso y se encuentra en su ser. Cenicienta no es una niña florero, no espera sino que actúa siguiendo las directrices de su corazón, creyendo en la bondad pero sin caer en la estupidez. Cenicienta encuentra el amor porque el amor ya estaba en ella, y solo algunos son capaces de ver esto… eso es lo que hace del príncipe un príncipe azul, que fue capaz de reconoer la belleza que había en esa mujer. Seguramente la película de Kenneth Branagh no hable de nada de esto, pero desde luego no creo que debamos privar a nuestros hijos e hijas del disfrute de contemplar la vida a través de este magnífico cuento.

enlaces relacionados:

. Cuento de Cenicienta de los Hermano Grimm

Artículo de Elvira Lindo sobre la importancia de los cuentos.

– Los cuentos de hadas y el desarrollo del psiquismo infantil (ASMI)

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