En el nombre del padre

1 de abril de 2015. jaume pey ivars

Otra encrucijada de la masculinidad (en hombre y en mujeres): EL PADRE. Y dos historias: El rey león, Cómo entrenar a tu dragón. En definitiva, el padre… y el hijo del padre.como-entrenar-a-tu-dragon padre

Cuando hablamos del padre, como de la madre, no nos referimos a la persona “real” que hay tras ese rol, sino a la posición simbólica que asume en la mente del hijo o la hija (y que no coincide, tampoco, con el padre real: es una construcción del hijo/a). De ahí que no debamos pasar por alto el hecho de que en muchas de las historias hechas para niños el padre suela ser un rey, del mismo modo que la madre suele ser más bien una madrastra (previa muerte de la madre de la infancia). En este sentido, podemos decir que el padre-rey debe tener algo que ver, en la mente del niño, con la ley, con la autoridad y la legitimidad. Pero no la autoridad de un rey tirano que se confunde a sí mismo con la ley, sino la de un rey que “representa” esa ley y trata de hacerla presente… con equivocaciones, claro, pero con sentido del deber, casi siempre. La ley ‘atraviesa’ su persona; es ante todo rey y padre, y sólo en segunda instancia hombre.

En las dos historias a las que nos referimos es así: el padre es rey, en un caso, y jefe, en el otro. Y en ambos casos la película se esfuerza por presentarnos, en primer lugar, la importancia de esa función en el orden de la tribu o de la selva, para centrarse luego en la importancia y, sobre todo, en las dificultades de trasmisión de esa herencia, de esa función, al hijo.

El padre aparece en primera instancia como modelo para ese hijo, como ideal de legitimidad, pero también, por eso mismo, como peso, incluso como carga. (Lo que, repito, aunque se trate de una encrucijada masculina puede ser pensado tanto para hombres como para mujeres). El momento al que nos referimos y que consiste en el nudo de estas historias es, precisamente, aquél en el que el peso de la herencia paterna parece tan grande para el hijo que se siente romper ante ella. Sabe lo que se espera de él, sabe que, a su muerte, está llamado a ocupar el lugar del padre. Se siente incapaz, sin embargo, de coincidir con él, se sabe distinto y duda abiertamente de si es digno de esa herencia, no cree merecerla.

Frente a la historia de Bambi, que nos narra las dificultades vitales de un desarrollo lineal y sin aristas del sujeto desde la infancia hasta la edad adulta (y que típicamente cumple con los lugares predeterminados en su desarrollo: se aleja de la mabambi20dre -para lo cual es fundamental que muera, ni que sea simbólicamente-, se ve obligado a crecer como sujeto autónomo, aprende del padre, y siente la llamada de la hembra que le lleva ocupar finalmente el lugar que le corresponde…); frente a Bambi, decía, Simba e Hipo nos presentan el sufrimiento y la contradicción ambivalente del sujeto ante dicha llamada. Estos personajes sufren porque experimentan la llamada del deber, la obligación de ser como sus padres, mientras que, paralelamente, parecen incapaces de ello. Ahora bien, los motivos de esta incapacidad son distintos en cada historia.

Simba se debate ante el peso de la culpabilidad por su responsabilidad en la muerte del padre. Si hemos de hacer caso a Freud, la muerte del padre viene a constituir un deseo cumplido, insoportable en la medida en que le parece haber sido él el causante de la misma: el deseo inconsciente se hace en ese momento demasiado evidente, la fantasía demasiado real. Por eso huye con los “marginados”, con los que viven al margen -de la ley- ocupándose sin más de sobrevivir. Encuentra, por decir así, a su pandilla de adolescentes desubicados, y parece gozar olvidándose de la llamada a su responsabilidad adulta como hombre y padre, obviando su destino: ocupar el lugar del padre. Tal vez quisiera, incluso, dejarse llevar y vivir permanentemente como un adolescente.

Sin embargo, aparece la hembra, Nala, e inevitablemente se verá llevado por medio de ella a aceptar esa “llamada al orden”. En la historia la hembra no sólo le despierta el deseo de ser adulto, sino que le hace saber que es necesario como padre -¡como nuevo rey!-, que sin él no hay ley ni orden y todo se confunde: nadie ocupa su lugar, la existencia del grupo (simbólica también) corre peligro, la convivencia es imposible. En este sentido es una narración tradicional, casi patriarcal. Simba acaba reconciliándose con la muerte de su padre, superándola o integrándola desde una nueva posición. mufasa-cinemascomicsDesde esa posición a) demuestra virilmente que es digno de heredar su autoridad representando la ley, y b) “paga” legítimamente la culpa por (el deseo) de la muerte del padre. Así, nosotros comprendemos que también la muerte del padre -ni que sea simbólica- es necesaria para asumir su papel. Es desde ese lugar como puede recuperarse al padre, desde donde puede “comunicarse” de nuevo con él (en forma de padre ideal que le habla desde las nubes).

Lo cierto es que la facilidad con que parece desarrollarse el final de la película puede que sea lo menos creíble de la historia, no tanto porque se corresponda con el ideal tradicional puesto hoy en duda como porque la reconciliación del padre real-actual (Simba) con ese final-finalidad del desarrollo de la virilidad no está ni mucho menos libre de contradicciones y sentimientos ambivalentes. Destaca, pues, la ingenuidad del final frente a lo acertado del nudo de la historia. Y en este sentido, puede que sea más interesante la segunda historia.

En Hipo, por su parte, encontramos un hijo empeñado en demostrar al padre que es merecedor de su herencia. Y mientras que Simba pierde a su padre siendo niño y se ve empujado con ello a la huida, y a la adolescencia, Hipo ya es un dragon padre 2adolescente que aspira a ser reconocido como adulto por el padre. Por eso el padre puede aparecer dudando abiertamente de la idoneidad y legitimidad del hijo, de si puede recibir ese reconocimiento -algo que no ha dado tiempo a presentar en Simba-. El padre lo sabe diferente a él, y en esa misma medida incapaz de heredar su reino -su jefatura-. Hipo, de entrada, se sabe diferente, pero aspira a demostrarle que desde su diferencia puede llegar a ocupar el mismo lugar que el padre como cazador de dragones primero, y como jefe después.

El desarrollo de la película nos muestra la separación del hijo de dicho ideal: aceptando su diferencia, reconoce también que no puede -ni finalmente quiere- ser cazador de dragones, es decir, ser como su padre. Y es en ese no querer donde encuentra su propio destino: ser entrenador, y no por ello imaginamos a un futuro peor jefe. Así pues, el descubrimiento de Hipo es que no puede traicionarse a sí mismo, incluso aunque eso implique “traicionar al padre”. Crece porque renuncia a ser reconocido por su padre a cambio de no renunciar a sí mismo…

Lo interesante es, finalmente, que al renunciar al padre lo recupera, y sólo lo recupera porque ha renunciado a él. Es decir, no siendo lo que su padre esperaba de él, sino lo que estaba inscrito en su ser, en sus posibilidades de ser.

La parábola del hijo pródigo siempre me resultaba escandalosa: ¿cómo es posible que el padre se alegre más de “recuperar” al que se ha ido que al que ha permanecido fiel? La respuesta es que el que se ha quedado ha renunciado a sí mismo, a crecer, a desarrollarse como varón, mientras que el otro, al irse, se ha buscado -y puede que encontrado- a sí mismo. El padre no sólo reconoce al hijo que ha vuelto, sino al adulto que hay en él. Por eso es esencial en el drama vital de la masculinidad (al entrar en al adolescencia) sentir la falta de reconocimiento del padre. El hijo no puede ni debe corresponder al ideal de hijo que tiene el padre, porque de hacerlo, de ser reconocido, el hijo no saldría de la familia, no buscaría más allá el reconocimiento que le falta; es decir, no se buscará a sí mismo y no crecería.

Y ¿de dónde habrá de venir, una vez separado, ese primer reconocimiento del Otro? Inevitablemente de la mujer. Efectivamente, Simba e Hipo, que por uno u otro motivo han tenido que separarse y encontrarse a sí mismos para luego volver a por la herencia del padre, encontraron en el camino el reconocimiento de una hembra o de una mujer que supo ver en ellos tanto su diferencia como su merecimiento: su ser adulto; el derecho de asumir su lugar ecomo_entrenar_a_tu_dragonn el orden, de sustituir al padre; la legitimidad ganada. En otras palabras, han sabido ver en ellos al padre que todavía no son. Y de ese modo ocupan para el varón -sin pretenderlo, sin saberlo- un papel esencial en su drama: hacerlos sentir adultos, legítimos, y con ello servir de motor en su desarrollo.