Espejito, espejito mágico…

2 de agosto de 2014

morisotTodas las mañanas del mundo, escasos minutos después de levantarnos, muchas mujeres nos lavamos la cara frente a un espejo. Todavía con los ojos entreabiertos, todavía arrastrando en los brazos los restos de los sueños que quedaron en la cama, nos miramos e iniciamos un nuevo día. El espejo nos permite realizar el tránsito hacia la vigilia, pues al devolvernos nuestra imagen, la de siempre, en la que nos reconocemos, con la que nos identificamos, podemos dirigir nuestro esfuerzo para acabar de despertar. En nuestro interior, casi siempre de un modo inconsciente, algo nos dice que “todo está bien, soy yo, la de siempre” y podemos seguir nuestra rutina con normalidad.

A muchas mujeres nos parece inconcebible nuestro día a día sin mirarnos en el espejo, pero ¿qué sucedería si durante algún tiempo dejaran de formar parte de nuestra cotidianeidad? ¿Cómo sentiríamos nuestro cuerpo si de repente todos los espejos de nuestras casas, de nuestros bolsos, de los ascensores, de algunas entradas de edificios, de nuestras oficinas, de las tiendas, desaparecieran? ¿qué sucedería si llegara un día en el que ya no recordáramos cómo era nuestra imagen en el espejo? ¿cómo sería nuestra cara si la reconociéramos a partir de nuestro tacto? ¿cómo serían nuestras piernas si las conociéramos desde nuestro movimiento al andar o al sentarnos? Un suspiro de libertad se me escapa al imaginarlo, al pensar en la posibilidad de un acercamiento al cuerpo desde lo que nos dicen los sentidos, desde una interpretación de las sensaciones que se alejara de la imagen que aparece reflejada en el espejo. 

Pero pronto podemos percatarnos de que esto no es más que un juego (“experimentos mentales”, los llaman en el ámbito de la filosofía de la mente), de que realmente es imposible que nadie genere su propia imagen corporal a partir exclusivamente de la experiencia de su propio cuerpo y alejada de cualquier reflejo. Porque en realidad hay otros espejos mucho más importantes que influyen en nuestra imagen corporal: los otros. La conciencia del propio cuerpo pasa necesariamente por la interacción con otros cuerpos. Constantemente nos vemos en los otros: la niña se mira en su madre o en otras mujeres para reconocer las formas de ese cuerpo de mujer que un día también será el suyo; la mujer joven se mira en las canas de esa mujer mayor para imaginar cómo será su vejez… Pero tal vez esto no sea lo más importante, sino que nos vemos a través de los otros, a través de las palabras y los gestos que nuestro cuerpo suscitó en ellos: la madre mira a su bebé con ternura, que le dice lo precioso que es y juega con él dándole besos por todo el cuerpo; la abuela sonríe al ver que su nieto tiene los ojos de su marido; la tía que se apena cada vez que ve que su sobrina ha sacado sus orejas grandes y le dice recoloca el pelo por delante de ellas cada vez que le da un beso de despedida… Cientos y cientos de palabras y gestos de otros lanzados sobre nuestro cuerpo. Cientos de palabras y gestos que a veces nos elevan, nos hacen sentir bien, que otras nos hieren, nos hacen desear ser otros cuerpos. Y cientos de palabras y gestos que nosotros emitimos sobre los cuerpos de los demás, a veces sin demasiada consciencia de cuanto bien podemos generar con ellas, a veces sin demasiada consciencia de cuánto mal pueden provocar en quienes las reciben. Palabras y gestos que nos guían la mirada sobre nuestro propio cuerpo. Palabras que significan nuestro cuerpo, que dan cuerpo a nuestras propias vivencias, que las provocan o que, de algún modo, las completan. Gestos que acaban inscribiéndose en nuestra piel.

A lo largo de la historia del pensamiento muchos y muchas han reflexionado sobre este gran poder -pues no soy capaz de denominarlo de otro modo- de ser espejos y de recibir reflejos de los demás. Espejos con mágicas cualidades, como los de las ferias, espejos de esos que distorsionan nuestro reflejo. Porque a veces somos espejos para los otros y les devolvemos una imagen muy alejada de la realidad: los hacemos muy muy altos aunque sean bastante bajitos. Porque a veces las imágenes que recibimos de los demás hinchan nuestro ego y nos sobredimensionan. En este sentido me sigue fascinando la frase de Virginia Wolff en su espléndida conferencia “Una habitación propia” cuando apela a la responsabilidad de las mujeres sobre su propia vida y sobre su papel ante los demás y afirma que “Las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural”. Algo así como que sin una Josefina que por las noches reforzara la imagen de omnipotencia de su marido no habría sido posible ningún Napoleón.

Pero si tenemos el poder de agrandar y ser agrandados, también el de reducir, el de menguar, minimizar al otro y sentirnos infravalorados. Por eso no se me ocurre personaje mejor que Alicia , la del “País de las Maravillas” y “A través del espejo”, para ayudarnos a reflexionar sobre cómo la vivencia del cuerpo puede pasar de un estado a otro con tal solo un sorbo de un pequeño frasco o un bocado de galleta. Alicia advierte de que en el espejo puede verse todo al revés cuando afirma: “Ahora que si me prestas atención, en lugar de hablar tanto, gatito te contaré todas mis ideas sobre la casa del espejo. Primero, ahí está el cuarto que se ve al otro lado del espejo y que es completamente igual a nuestro salón sólo que con todas las cosas dispuestas a la inversa…

Espejos poderosos que devuelven imágenes extrañas capaces de hacernos enloquecer, como el espejo de la madrastra de Blancanieves que no dejaba de decirle una y otra vez aquello que en su interior resonaba tan fuerte y tan oculto: que Blancanieves estaba cada día más hermosa y se había convertido en competencia para ella como mujer. Espejos poderosos capaces de congelar poderes, de paralizarlos, como el espejo que Perseo puso frente a Medusa para conseguir petrificarla para siempre y que dejara de ser la mujer hermosa e inquietante que había enamorado a Poseidón.

Platón rechazaba los espejos, precisamente porque el reflejo nunca es la realidad en sí misma, y toda nuestra filosofía occidental se construyó sobre la afirmación de que debíamos buscar el conocimiento de la realidad en sí y no conformarnos con los reflejos. Decir que cuando somos espejos de los demás podemos agrandarlos o empequeñecerlos parece darle la razón a Platón. Decir que para llegar a ser lo que somos necesitamos que los demás sean nuestros espejos, que no nos es posible construirnos sin vernos en los otros (y sobre esto han escrito mucho los psicólogos y psicoanalistas) parece quitársela, pues no seremos nunca una “realidad en sí” sino siempre realidad con otros.

Por eso puede que el experimento de imaginar un mundo sin espejos no sea el más adecuado. Nos sirve para evidenciar que nuestra imagen corporal y con ella la vivencia de nuestro cuerpo no es algo objetivo, sino toda una construcción subjetiva que habla de nuestra biografía personal y de nuestro modo de ser singular. Para no caer en la ilusión de creer que aquello que vemos reflejado en el espejo es aquello que hay, sin más, olvidando que somos nosotros quienes proyectamos en él nuestra propia imagen según hayamos elaborado esta dimensión de nuestra identidad personal. En el espejo se refleja un mundo, el nuestro único y particular, el que nuestro cuerpo también registra y que por tanto es mucho más que el reflejo de un cuerpo. Y esto que somos capaces de ver con facilidad cuando nos encontramos con casos extremos de enfermedad en los que la propiocepción se ve alterada por cuestiones de orden psicológico (como puede ser la anorexia, por ejemplo) lo olvidamos en nuestro día a día. Pero este juego a un mundo sin espejos nos puede hacer caer en un peligro mayor, en el de un subjetivismo en el que el individuo se construye separado de los demás, en la ilusión de que no necesitamos a los otros, por muy dañinos que puedan ser en ocasiones, buscando que en las relaciones con los otros solo exista lo positivo; o que no nos permita ser conscientes de la importancia que tiene lo que decimos a los otros sobre sí mismos o de la responsabilidad en otorgarle valor a lo que otros dicen sobre nosotros mismos.

Tal vez el espejo pueda ser nuestro amigo y no solo para acabar de despertar cada mañana. Porque a veces vernos reflejados en los espejos nos permite ver nuestra realidad personal: ser capaz de ver los cambios físicos que en nuestro cuerpo se van produciendo nos permite salir de cualquier imagen idealizadade nosotros mismos, una imagen atemporal, eterna…. como es el ser según Parménides y Platón. Pero también de una imagen distorsionada en la que no nos reconocemos pero que en algún momento interiorizamos como nuestra. Como en el cuento “Reflejos” de Lafcadio Hearn que mi compañero de vida me ha descubierto al saber de la entrada que estaba escribiendo,. Porque tal vez el espejo, entre esos grandes poderes, tenga la capacidad de devolvernos nuestra imagen real, la que a veces no somos capaces de ver precisamente por estar atrapados en esos otros reflejos que otros han puesto en nosotros, los que nosotros mismos nos construimos y de los que a veces es tan difícil salir.

¿Cuál es , entonces, la conclusión? Pues lo cierto es que no lo sé, pero es que, tal y como les digo a mis alumnos de bachillerato, en filosofía lo importante nunca es la respuesta sino la pregunta y el recorrido que trazamos en el intento de responderla… aunque tal vez todo esto solo sean experimentos de una filósofa en verano.. Por eso para acabar recurro a alguien que habló de todo esto con la belleza y la maestría de los poetas, para no enfrascarnos en la disertación sin fin, y dejarnos atravesar por la sensibilidad de los versos iniciales del poema “Los espejos” del gran Jorge Luis Borges…

 

Yo que sentí el horror de los espejos

no sólo ante el cristal impenetrable

donde acaba y empieza, inhabitable,

un imposible espacio de reflejos

 

 sino ante el agua especular que imita

el otro azul en su profundo cielo

que a veces raya el ilusorio vuelo

del ave inversa o que un temblor agita

 

 Y ante la superficie silenciosa

del ébano sutil cuya tersura

repite como un sueño la blancura

de un vago mármol o una vaga rosa,

 

 Hoy, al cabo de tantos y perplejos

años de errar bajo la varia luna,

me pregunto qué azar de la fortuna

hizo que yo temiera los espejos”.

Un pensamiento en “Espejito, espejito mágico…”

  1. Tiempo (¿toda la vida?) llevo odiando los espejos. Yo sí he imaginado una vida sin espejos y, de hecho, intento alejarlos de mi vida. En una vida sin espejos, podría ser cierto que sigo siendo el mismo que cuando tenía 15 años, cosa que mi conciencia me transmite.
    Pero, cuan cierto es Elena, que el peor espejo es verse en los otros. De dos formas: cómo nos vemos en nuestra familia reflejados. Y te lo dice quien sabe que es fiel “reflejo” de su padre. Pocas cosas me han impresionado tanto como ver la muerte de mi padre, pues era como ver la mía misma. Y, por otra, cómo nos ven los demás. Qué imagen devolvemos a los demás, qué imagen tienen de nosotros. Éste es el espejo más cruel. Podríamos romper todos los espejos del mundo, pero éste, el más terrible de todos, quedaría ahí para siempre.
    Un placer leerte.

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