La belleza no está en el interior

8 de enero de 2014

Hace unos días escuché de nuevo a una mujer que le decía a otra que “La belleza está en el interior”, y pensé que esta consideración sobre la belleza ha estado presente en el discurso que hemos recibido muchas mujeres desde nuestra infancia. Sin embargo, tal y como me pasaba siendo niña, hay algo en ella que no me acaba de convencer…

macabro-hans-baldung_2_1597501En algunas ocasiones, decir que la belleza está en el interior ha sido una forma de reivindicar una belleza femenina que no se ajusta a los cánones establecidos, es decir, que no se pliega a ciertos parámetros que determinan que lo bello pasa por tener ciertas medidas o formas corporales, sobre todo cuando esas medidas nos resultan ajenas a la mayoría de mujeres e incluso en ocasiones, insultantes. Intentamos alejarnos de esa concepción pitagórica del arte griego que afirma que la belleza es numérica, que tiene que ver con unas determinadas proporciones y reivindicamos la belleza en la individualidad de nuestros cuerpos. Como mujeres queremos separarnos de una concepción del cuerpo en la que no nos sentimos reconocidas, que no se ajusta a nuestra realidad de mujeres por cuyos cuerpos pasa la vida y no solo las horas frente a un espejo. No queremos que hablar de la belleza sea hablar de cuánto medimos, pesamos, cuántos años tenemos y todas otras cuestiones matematizables. Belleza interior como forma de decir “NO” a esa supuesta belleza “exterior”, a una mirada sobre el cuerpo basada en el juicio.  

Porque además, esta concepción de la belleza exterior como ajuste a unos parámetros determinados viene normalmente asociada a la concepción de un cuerpo que solo es bello si resulta agradable (en nuestros días más bien diríamos irresistible) a los ojos de los demás. El cuerpo es bello si lo es para otro, si no hay en él nada que al contemplarlo me incomode. Y las mujeres estamos especialmente atrapadas en este planteamiento.

Esta es la belleza apolínea que según Nietzsche, Platón va a instalar como la concepción de la belleza oficial para Occidente: algo es bello si se acerca a la perfección, si no hay en ello nada que pueda ser considerado como feo, porque la fealdad es entendida como la ausencia de la belleza. Platón elimina de la belleza la parte dionisíaca -que según Nietzsche sí era reconocida en el mundo griego anterior-, la que nos habla de que en todos los humanos hay un lado oscuro, no racional, el lado de la locura, de los impulsos, del exceso. Cualquier rasgo corporal que no se ajuste a lo que consideramos “normal”, cualquier “deformación” corporal que suponga una desviación de lo que nos resulta agradable, nos remite a este lado, nos interpela, nos hace cuestionarnos quiénes somos frente a ese otro, y a veces nos resulta imposible de soportar y tenemos que desviar la mirada.

Y es que, siguiendo el el planteamiento del sociólogo David Le Breton, el cuerpo bello no nos pone en crisis sino que nos permite ignorar nuestro propio cuerpo y seguir en la ilusión de que la vida es esa parte apolínea del orden, la proporción, la racionalidad, la medida, la piel tersa, los brazos fuertes, el vientre plano,… Todas las espectaculares modelos y actrices de los navideños anuncios de perfumes, con sus vestidos dorados, su mundo lleno de pasión desenfrenada y de varones estereotipados que pierden la cabeza por ellas nos remiten a una belleza idealizada que en realidad nada nos aporta, que nos permite seguir sentados en el sofá. Pero el cuerpo marcado por la vida, el cuerpo “feo” según esta concepción, nos hace presente nuestro propio cuerpo, nos recuerda que nuestro cuerpo es mortal. Una persona calva por un tratamiento médico, un cuerpo herido por la enfermedad, unos ojos que manifiestan una discapacidad, un pelo lleno de canas, una pierna amputada, unos dientes caídos por la vejez no ponen ante los ojos que, como dice Le Breton, “el cuerpo es el lugar de la muerte del hombre”.

De ahí que el intento de muchas mujeres por reivindicar la belleza “real” de sus cuerpos pase por poder mostrar esas heridas de vida, por poder decir que sus pechos caídos por el amamantamiento de sus hijos son bellos, que sus arrugas y sus canas son bellas. Es acabar con la concepción de una belleza idealizada y que por ello mismo está muerta. La belleza real, la que nos habla de que somos mortales, de que somos imperfectos y solo por ello bellos, es la única que nos vale. Reconocer la belleza que hay en esas supuestas imperfecciones es un acto de humanización que se convierte en un acto de humanidad: porque nos constata como seres reales, finitos, limitados, mucho más que seres racionales, mucho más que puramente instintivos; porque nos hace ver al otro y a nosotros mismos sin emitir juicios desde el ideal y eso abre las puertas a una forma de vida diferente para mí y para los demás. Porque solo así podremos contemplar la belleza que hay en todo ser, la belleza en la discapacidad, en la vejez, en la enfermedad… en la vida, y no como una posición forzada que busca negar lo desagradable sino desde la honestidad que agradece la diversidad porque es ella la que nos enriquece. Entonces ya no tiene sentido hablar de belleza interior porque la belleza del cuerpo, sea este como sea, se convierte en una realidad constatable… un cuerpo bello porque pertenece a una persona que en sí misma es bella, digna de mirada, de respeto, de ser amada.

El filósofo francés Gilles Deleuze decía que para poder ser felices los humanos debíamos ejercitarnos en liberarnos de los juicios a las que nos vemos sometidos desde que nacemos: eres mujer, hombre, blanca, negro, occidental, oriental, hermana, hijo, buena, caprichoso, risueña, formal…. El lenguaje humano, basado en conceptos que intentan apresar el ser, impide en realidad reconocer que la vida es devenir, que es movimiento y que mi identidad no se construye desde lo establecido sino desde lo vivido. Pero él no proponía liberarse del juicio y quedarse en el exilio de lo no nombrado, sino buscar otros modos de acercarse a uno mismo y a los demás, “salir de la lógica binaria” para encontrar territorios en los que podamos desarrollar nuestra identidad múltiple y sentir que hay espacio para moverse, que hay posibilidades de desarrollo; abogar por un lenguaje que dé espacio al ser y que no simplemente lo oprima.

Por eso la reivindicación de la belleza interior como forma de alejarnos de esa belleza idealizada, de los estereotipos, de lo marcado por la sociedad en el fondo refuerza la posición que está intentando criticar: es entrar en el juego en el que ya no queremos jugar más. Quienes dicen que la belleza está en el interior están afirmando que, efectivamente, esa persona carece de belleza (exterior), que nos resulta poco agraciada o desagradable, cuando no se ajusta a lo establecido como bello. La mirada se hace desde un lugar en el que esa persona no tiene cabida. Reivindicar una nueva forma de entender la belleza significaría acabar con ese planteamiento, abrir la posibilidad a una nueva mirada. Algo así como lo que propone Nietzsche: transmutar los valores, pegarles un martillazo a todos esos conceptos que han generado una actitud resentida con la vida misma, que han llevado a la humanidad al odio hacia sí misma. Que las mujeres nos convirtamos en nómadas de ese discurso sobre la belleza de nuestros cuerpos significa escapar de las garras del juicio para poder habitar con serenidad nuestro propio cuerpo y todos sus procesos: en la pubertad, en la maternidad, en la vejez… en toda la vida que hay en él.

Por eso, cuando vuelva escuchar a otra mujer decir que “la belleza está en el interior” recordaré a las chicas que aparecen en este anuncio y pensaré.. “no señora, no… la belleza no está en el interior”.

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