La primera regla: el renacimiento de la mujer

30 de noviembre de 2013

TallerMenarquia2El pasado sábado 23 realizamos una nueva edición de nuestro taller sobre la primera regla. Fue una intensa mañana en la que madres e hijas pudieron compartir historias personales, reflexiones sinceras, muchas risas y algunas lágrimas al hablar sobre la primera menstruación.Las hijas pudieron preguntarles a sus madres todas aquellas cuestiones que se les agolpaban en la mente al pensar en la regla: “¿Cada cuántos días te viene la regla? ¿A partir de qué años? ¿Dura para siempre? ¿Y si te viene en clase? ¿Salen restos de comida como el pipi o la caca? ¿Es verdad que si no tienes la regla no puedes tener hijos? ¿Qué es el sexo? ¿Es como los gatos que yo he visto en el video de youtube? ¿La regla te duele? ¿Hay alguna forma de saber cuándo te va salir? ¿Te mareas? ¿Qué es el flujo? ¿Te desangras? ¿Cuántos días dura?…” Y las madres pudieron responder a todas estas cuestiones desde la experiencia, desde el deseo de acompañar a sus hijas y a esas otras niñas con las que compartieron la mañana en su tránsito de la niñez a la juventud. Recibieron mucho más que respuestas de un manual de conocimiento del medio… … aprendieron de la diversidad de las mujeres allí presentes pues a algunas les dolía pero a otras no, a algunas les duraba 3 días y a otras 5, algunas la tenían desde los 10 años y otras desde los 13 o 14, algunas se encontraban cansadas cuando menstruaban y otras sentían que con la regla recuperaban la salud… Las niñas escuchaban con los ojos bien despiertos a aquellas mujeres adultas que les hablaban de cómo fue su primera regla y de sus experiencias con la menstruación.  Cuando no les convencía o les parecía extraño lo que otra mujer decía, se giraban hacia su madre buscando la confirmación o el rechazo a lo expuesto: “¿Eso es verdad, mamá?” e iban incorporando a sus conversaciones aquello que iban aprendiendo. Al final de mañana algunas se mostraron ilusionadas ante las perspectivas que les abre la menstruación. Otras algo asustadas ante la inminencia de su crecimiento.

Pero ¿realmente es necesario hablar de estas cuestiones en grupo? ¿No sería mejor que cada madre hablara con su hija en la intimidad de su casa? El filósofo e historiador de las religiones Mircea Eliade, en su estudio sobre los ritos de iniciación en la cultura humana plasmados en su magnífica obra Nacimiento y Renacimiento, nos cuenta cómo en todas las llamadas culturas primitivas los ritos de iniciación femenina siempre son colectivos y van asociados al inicio de la menstruación. El hecho de que la menstruación sea un proceso individual podría dificultar esa iniciación en grupo que se realiza, por ejemplo, con los varones. Pero en realidad, la llegada de la menstruación a la vida de una niña en las culturas primitivas siempre va asociada a una serie de ritos de separación y segregación del resto de la sociedad (en especial de los varones) de varios días (como en Australia o en la India), meses (como en Nueva Zelanda) e incluso años (como en Camboya) que permiten que al final, la experiencia individual de la menarquía se convierta en grupal. En estas iniciaciones siempre son las mujeres adultas las que cuentan a esas niñas que por la llegada de la sangre han dejado de serlo, los secretos de la feminidad, de la fertilidad, de la sexualidad en general. Dice Eliade que en esos ritos: “se prepara a la muchacha para que asuma su modo de ser específico, es decir, para convertirse en creadora, y al mismo tiempo se le enseñan sus responsabilidades en la sociedad y en el cosmos” (pag 71). Por eso en los ritos de iniciación hay algo más que una simple transmisión de información, algo más que una simple instrucción de las normas a cumplir en la vida junto a otros: se trata de una transmisión de carácter religioso en tanto que a la niña le es revelada la sacralidad de su ser mujer. Con la primera regla la niña vuelve a nacer sexuada, renace ahora en su feminidad plena, sagrada.

Lo sagrado no significa nada más (y nada menos) que atribuirle un sentido, otorgarle un significado trascendente a su ser mujer en tanto que parte de la humanidad y de todo el universo. Las mujeres adultas designan con sus palabras a esas niñas como mujeres y con ello las reconocen como individuos que en su modo de ser mujer contribuyen con su existencia y sus aportaciones personales a la construcción del mundo. Reconocer en esa niña que ya es creadora va más allá de transmitirle la información de que la regla indica que su cuerpo ya está en edad fértil y que por tanto puede tener hijos. Significa el reconocimiento de que se adentra en el mundo adulto y que con ello va a poder aportar su granito de arena a la vida con los demás.

Pero además, en ese reconocimiento como mujeres a partir de la primera menstruación les transmiten que el propio cuerpo es el lugar de lo sagrado, que debe ser atendido y cuidado porque va más allá de ellas: es parte de la vida, de la tierra, del universo. Y desde ese momento, cuando finalicen los rituales, serán ellas quienes deban ocuparse de su cuidado pues ya contarán con las herramientas para ello. Porque el cuidado del propio cuerpo, el conocimiento del mismo y de los modos de gestionar la fertilidad es el cuidado de la sociedad entera y de la vida en general.

Nosotros ya no vivimos en una sociedad primitiva, pero el sábado pasado algo parecido sucedió en nuestro encuentro de madres e hijas sobre la primera regla: no solo se transmitía información sino que se hablaba desde el corazón y el cuerpo entero de la vida y de la feminidad, otorgándole un valor por la intención puesta en ese hablar, por el deseo de las madres de que sus hijas se sientan acompañadas en el tránsito a la vida adulta, de que escuchen a otras mujeres, de que se escuchen a sí mismas en su sentir. No solo se trataba de hablar con la propia hija sino de ser, junto a las otras mujeres, parte de la comunidad que se hace cargo de sus jóvenes y les transmite su sabiduría, que no delegan su responsabilidad de adultas en las instituciones ni en los temarios de los colegios… Por eso este encuentro facilitó -tal y como expresaron las madres- que todas esas conversaciones que se pueden tener entre madre e hija al respecto de la menarquía en la intimidad de su casa se enriquecieran con la experiencia del compartir con otras mujeres.

Las madres se prepararon para ello haciendo todo un ejercicio de mirada hacia sus hijas, hacia la sociedad y hacia sí mismas en un encuentro previo preparado exclusivamente para ellas (el 9 de noviembre) y cuando llegaron a este encuentro con sus hijas llevaban dos semanas pensando en cómo habían vivido su primera menstruación, algunas mirando fotos que les hablaban de aquél verano, otras pensando en las personas con las que compartieron aquél momento, todas pensando en los discursos habían recibido de sus madres, de sus tías, de otras mujeres al respecto, en cómo en sus casas se vivía el hecho de que ellas, niñas, empezaran a menstruar. No se hablaba del cuerpo desde lo sagrado como en las culturas primitivas, porque hablar de la sexualidad como algo sagrado nos suena a rancio, a incienso de iglesia que no queremos oler por todo lo que para muchas ha supuesto históricamente en la construcción de esa sexualidad; porque seguimos necesitando reivindicar el cuerpo como propio, desvinculado de todo y todos los demás como manifestación de la conquista de la propia libertad individual. Pero se respiraba que aquello de empezar a menstruar tenía mucho que ver con otras muchas cosas de esas que no se ven ni se tocan, de las que nos hacen sentirnos humanos junto a otros, de las que no se puede hablar fácilmente y que realmente son las que nos importan de verdad. Enhorabuena a todas estas madres y a sus hijas por ello.

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