La sangre hecha cuento

milhazes_jpg_920x490_q95El descubrimiento de que el ciclo menstrual iba ligado a toda una serie de procesos hormonales y psicológicos que condicionaban en nosotras el proceso creativo, fue para mí -y para muchas- toda una revolución liberadora. Por fin podía comprender con mayor facilidad qué sucedía en mi cuerpo en determinados momentos del ciclo y dejar de luchar para intentar ser siempre igualmente productiva en el trabajo o en otros ámbitos de mi vida. Era normal -y esta palabra fue la clave para dicha revolución- estar más creativa en la fase inicial del ciclo que en la premenstrual. Y dicha normalización dio muchos frutos.

Después vino el tiempo en el que tuve que cuestionar el determinismo biologicista que quería instalarse en mi vida y atraparme con verdades ajenas. Tuve que desprenderme de esquemas preconcebidos y aprender que no es solo una cuestión de hormonas ni de fases, que a mí no me valen los arquetipos que marcan las fases del ciclo porque me dejan anclada en ellos y me llevan a la lucha en otro sentido: a veces me sentía tremendamente creativa en la fase premenstrual y muy paralizada en los días de la ovulación, por ejemplo. Pero este también fue un descubrimiento cargado de regalos: los de la escucha atenta de mi cuerpo, fuera cual fuera el momento del ciclo en el que me encontraba, y que la mirada sobre mí misma fuese más amplia, más generosa en la comprensión.

Ahora siento que se abre un nuevo momento de comprensión en mí en relación a la creatividad y el ciclo menstrual, y ha sido esta maravillosa frase de Carmen Martín Gaite que he escogido como título de la entrada la que ha resonado con fuerza para que pueda ponerle palabras. “La sangre hecha cuento” es el mantra que me ha acompañado en estos días de celebración del nacimiento de la luz. “La sangre hecha cuento” me abre las puertas a una luz que encuentro en mí y que va necesariamente ligada a mi cuerpo. Porque Martín Gaite acompaña esta expresión de otras dos que amplifican por mil su fuerza:

“La sangre hecha cuento. La oscuridad hecha luz. La vida hecha palabra”.

Al hacerlas presentes en mi pensamiento, al convertirlas casi en una plegaria, me regalan paz y belleza, y por eso he querido compartir hoy con vosotras mis reflexiones al respecto. Empezaré por el final:

  1. “La vida hecha palabra”

La necesidad de la palabra. La urgencia de la escritura. La vida necesita de la palabra. La vida es palabra, y la palabra es luz. Escribir para descubrirme, ante una misma y ante el mundo. Palabras para decirme ante los demás, para nombrarme una misma con lo que soy como ser diferenciado de una realidad aparentemente dada, una realidad ajena hasta que no me muestro. Escribir, nombrar, para inscribirme, como tatuaje en la piel del mundo. Nombrar, decir, escribir como forma de ordenar. Por eso escribir sobre la regla, por eso escribir un diario, un blog, lo que sea. Por eso hablar con otras de lo que me sucede, o escucharlas en lo que ellas nombran, o leer lo que ellas escriben y en ese escuchar, en ese leer, también que lo propio quede nombrado. Pero sin venerar a la palabra, sin que se convierta en ídolo, porque entonces solo será apariencia de verdad, no la verdad misma que ella me ayuda a encontrar. Como dice Platón, “el que piensa que ha dejado un arte por escrito, y, de la misma manera, el que lo recibe como algo que será claro y firme por el hecho de estar en letras, rebosa ingenuidad y, en realidad, desconoce la predicción de Ammón, creyendo que las palabras escritas son algo más, para el que las sabe, que un recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura”(Fedro 274c)

Así que no sirve creer en las palabras de otra, seguir las palabras de otra. No leer para ensalzar a otra y menguarme yo. Solo leer para encontrarme. Ya no quiero gurús, aunque a una parte de mí le parezca que las necesito. No vale siquiera aferrarse a las propias palabras, las de antes, las que parecen más auténticas. Solo cabe dejarlas salir, fluir, vivir, también morir, y aprender a reconocer cuándo otras hacen lo mismo y cuándo no. (Erika Irusta ha escrito Diario de un cuerpo sabiendo de todo esto. Qué suerte, qué gusto.)

Y aunque no valgan las palabras de otras, es de otra de quien aprendimos las palabras: de la madre, fundamentalmente (también del padre, del mundo). No podemos pretender un lenguaje privado que no sería posible ni sería lenguaje. Tan solo podremos coger las palabras aprendidas y ordenarlas para que en ese orden personal se acerquen a la propia verdad.

Pero nombrar es siempre traicionar….

Dice Carmen Martín Gaite que escribir supone un acto de resignación a que las propias intuiciones, recuerdos, vivencias, se ordenen y se conviertan en otra cosa diferente a como son sentidas por una misma, para que así puedan salvarse de alguna manera. Es convertir lo indefinido e ilimitado en palabras para que sean texto y con ello sacarlas del caos. Es un acto de resignación que supone, por tanto, un acto de renuncia a la parte inaprensible, ilimitable del ser. Así que el mismo acto de escribir es al mismo tiempo un acto de pérdida irreparable para una supuesta ganancia que no siempre me convence pero que se presenta como absolutamente necesaria; y un acto de traición para que pueda surgir el orden que da sentido y me libra de la opresión de lo ilimitado. En sus bellas palabras. “La palabra es de distinta etiología, es un tratamiento mucho más lento y apagado que el de llorar o emborracharse o bañarse en el mar. (…) Pero es el único instrumento que tenemos. Y, aunque de carácter tan diferente a aquello sobre lo que opera, a la larga inyecta vida -otra clase de vida-, la rectifica, y nos salva de su ahogo” Ahora quisiera sumergirme en el mar, pero escribo.

Por eso la vida necesita ser hecha palabra. Escribir, nombrar, decir para darle alas y que se pueda marchar. Que no se quede anclado en el cuerpo en forma de dolor, de picor, de malestar. Nombrar para respirar. Decir para salir del armario.

Tal vez por eso todas necesitamos traicionar-nos para encontrar-nos en las palabras. Por eso necesitamos traicionar las palabras de otras y otros, para poder encontrar las nuestras en el fondo de las mismas palabras.

Y a veces las palabras no son solo palabras. Tal vez son colores, danza, música, barro.

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  1. “La oscuridad hecha luz”

El ciclo menstrual me permite experimentar en la propia carne cómo la oscuridad puede ser luz y cómo en la oscuridad encuentro la salida hacia la luz. Poder hablar de ello me ordena y me permite identificar oscuridad y luz y darme cuenta de que no se trata de una dualidad de opuestos sino de dos amantes entrelazados en un mismo ser. Se aman y se separan para volverse a unir. Y de su comunión salgo disparada hacia aquello que va más allá de mí y me une al mundo. Y doy gracias por ello, porque el peligro de lo cíclico es quedarme atrapada en un eterno retorno, que despierte en mí el deseo de asirme a lo primero que se me presenta como estable y que no sea puerta para lo que me trasciende. Entonces el ciclo ya es remolino sin fin que marea y no florece. El peligro de lo cíclico es que crea que el movimiento circular constituye mi fuerza y quedarme en la contemplación del mismo sin abrir los ojos a lo que me rodea. Yo prefiero el ciclo vivido como espiral que va más allá y no como círculo cerrado. La espiral va más allá del ciclo, también hacia el tiempo en que ya no haya vivencia del ciclo, cuando la fertilidad empieza a alejarse y la creatividad brota de otro modo.

Por eso hoy ya no creo que la creatividad se haga presente de modo especial en un momento del ciclo. Más bien en determinados momentos germina la semilla que surge en cada ciclo siempre que haya pasado por la palabra que ordena, que nombra, que hace presente y limita para que no todo sea caos. Sin palabra no hay luz que brota de la oscuridad; sin palabra la oscuridad es cieno.

  1. La sangre hecha cuento

La sangre hecha cuento. He necesitado media vida para poder escribir un cuento que habla de la sangre. He necesitado mucha sangre que me habló de la vida y de la muerte. He necesitado escuchar a muchas mujeres hablando de sus ciclos, de su ser mujer. He necesitado ponerme ante algunas madres para dejarles espacio y que se pusieran ante sus hijas cuando hermosas se acercaban a su primera menstruación. He necesitado verlas hablar de ello para curar la herida de mi soledad en mi menarquia.  He necesitado a mi madre. He necesitado odiarla para rescatar todo mi amor por ella. He necesitado verla frágil, mortal. He necesitado escuchar a otras mujeres hablar de sus madres. He necesitado libros, muchos libros. He necesitado el yoga y el cuerpo que me hace presente. He necesitado amor por mi mano, amor ante la discapacidad, mi discapacidad negada. He necesitado abrazos, hijas, hombres, amigas, para atreverme a traicionar la vivencia y que las palabras registraran la experiencia, para que la ordenaran y salieran de su cueva. Ya no están en la caverna. No ha sido publicado, pero sin duda las palabras en mi vida empiezan a ver el sol radiante del mediodía. ¿Qué me diría ahora Zaratustra?

“La sangre hecha cuento. La oscuridad hecha luz. La vida hecha palabra” Nada más grande. Nada más misterioso. Gracias (Namasté)

P.D : Las dos obras que aparecen en esta entrada son de la maravillosa pintora Beatriz Milhazes. Y el libro de Erika Irusta lo podéis encontrar en cualquier librería pues hace poco que está a la venta y está siendo un éxito.

 

4 pensamientos en “La sangre hecha cuento”

  1. Luz. No sé si tus palabras (dichas, escritas, leídas) han iluminado la duda que me asalta desde hace unos días. En mi interior resuenan palabras que quieren aliviar mi pena, que desean dar testimonio de lo que nos unió, pero que no pretenden sean interpretadas como parte de ese “gran acto mundano por excelencia”, que decía Gep Gambardela en “La Gran Belleza”.
    Quizá estas palabras tuyas hayan sido las que necesitaba para sacar de la caverna, del mundo de las sombras de mi interior, estas mías que resuenan desde hace días.
    https://www.youtube.com/watch?v=9OegfoLykQ8

  2. Eres una gran mujer. Tus palabras son luz. Tus palabras resuenan en mi cabeza y su luz llega a mi corazón. Gracias

  3. Gracias por el enlace… maravillosa película. Y siento tu pena, aunque también alegría al recordar todo eso que nos unió. Un fuerte abrazo en la distancia.

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