Las ceremonias del adiós.

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La primera pérdida la sufrimos al nacer siendo expulsados del vientre protector.

Luego descubrimos que nuestra madre no es nuestra y que tampoco somos su único deseo.

El mundo empuja después y nos obliga a distinguir sueño y vigilia, fantasía y realidad…

La adolescencia nos enseña unos padres que fallan, que no lo pueden todo, y que no nos gustan del todo.

En la juventud llegan las responsabilidades, pactamos con la realidad y nos vemos llevados a asumir ciertos límites.

De adultos nos falta tiempo, que es ofrecido como en un ritual a la pareja, a la casa, a los hijos y al trabajo…

Ya mayores descubrimos que ha pasado media vida y que no lo podemos todo y que hay tiempos que no volverán.

Y de ancianos renunciamos a las vidas que no tendremos, a los deseos que nos serán, a la personas que dejaremos.

 

Pero al renunciar, el anciano mira al pasado y descubre una vida larga y rica; mira al presente y sabe lo que importa de verdad.

Y al haber pasado media vida no demoras más tus proyectos, y te sientes regalado por la vida que todavía queda.

Y en su renuncia, los adultos descubren que la pareja, la casa, los hijos y el trabajo… son también el despliegue propio de su tiempo.

Y el joven, al responsabilizarse, deja de huir hacia adelante y encuentra que esta vida tiene sentido con él dentro.

Y al perder a los padres el adolescente encuentra el mundo y a sí mismo y a los otros esperando a conocerlo.

Y distinguir lo real de lo fantasioso permite al niño aprender que satisfacer sus deseos no es cosa de magia, sino del esfuerzo.

Y renunciar a nuestra madre nos permite ver al padre y también a otros seres que esperan a ser vistos.

Y, en fin, salir del vientre protector -al que volveremos- nos ofrece la oportunidad de experimentar el milagro de la vida -que es también el de la renuncia-.