Más allá de la inteligencia emocional: un legado materno.

17 de julio de 2015. elena martínez navarro

delrevésEste fin de semana se estrena la nueva pelicula “Del revés” (Inside Out) y antes de verla prácticamente todas las madres con hijos pequeños ya estamos familiarizadas con Asco, Ira, Alegría, Tristeza y Miedo. Dicen algunos críticos de cine que es una genialidad, pero además, para las que nos interesa esto de la educación, parece una gran idea el que hayan creado una historia hablando a los niños de las emociones y de la importancia que tienen en nuestra vida. Si además es divertida, pues mejor para las que vamos a ir a verla.
Sin embargo me confieso un poco cansada de la omnipresencia del discurso de lo emocional en el ámbito educativo. Tanto a madres y padres como a maestras/os y profesoras se nos plantea el trabajo de los aspectos emocionales como la clave para una educación que proporcione felicidad a nuestros niños y niñas. Si un niño aprende a identificar que eso que está sintiendo es ira o que se siente muy feliz o muy triste, podrá gestionar mejor sus propias emociones y eso le aportará salud fisica y mental. No puedo estar más de acuerdo.  No obstante que el niño identifique sus emociones no es lo mismo que lo haga el adulto que está ante él, y gestionar no es eliminar…

Porque en algunos contextos se tiende a plantear que la identificación de las emociones equivale a la disolución de las mismas, es decir, que si identificamos que aquello que está sintiendo el niño es ira ya no hay nada más que hacer, porque al identificarla ésta se desvanecerá. Las herramientas para la inteligencia emocional se convierten entonces en grandes opresoras de las vivencias del niño: si estás triste, pues ya está, estás triste y ya pasará; si estás rabioso, pues ya lo sabes así que deja de golpear esa puerta. Ya está, ya está. Nada más, se va sola. Y en la pretensión de que esa emoción “molesta” se disuelva, corremos a decirle al niño o la niña lo que le sucede: lo que te pasa es que estás triste porque se ha muerto la abuelita, o que estás enfadado porque te has peleado con tu amigo, etc. Y el niño se queda ahí, con la boca abierta escuchando aquello que le dicen que le pasa. Se nos llega a olvidar preguntarle a él o ella qué está sintiendo y anteponemos que sea capaz de atribuir una etiqueta a aquello que está sintiendo cuando seguramente no se trate de una única emoción. Se nos olvida que debemos facilitar la autoconciencia del niño, que esa es la principal herramienta y que la autoconciencia viene sola tan solo si se proporciona el espacio para que aparezca.

¿Por qué hacemos esto? Sin duda suele haber buena voluntad en ese gesto de decirle al niño lo que le sucede: un deseo sincero de ayudarlo a poner palabras a sus vivencias cuando él o ella no las encuentran. Pero muchas veces unida a esta buena voluntad hay también una muestra de nuestras dificultades para aceptar que la vida no es fácil tampoco para los niños. Porque ante la tristeza que genera en nosotras ver a un niño/a triste, la incomodidad de ver a una niña/o muy enojada, solo queremos solucionar el problema, que vuelva a sonreir, que deje de gritar, etc, etc. Para dar el paso de preguntarle qué le sucede debemos primero aceptar la posibilidad de que no nos responda, de que nos diga “no lo sé”, de que siga llorando o enfadado. Evitar ese impulso que quiere traducirle su experiencia requiere de un entrenamiento feroz en el arte de la retirada, y para las que tenemos tendencia a intervenir, para las que nos gusta resolver, esto a veces es realmente difícil de hacer. Posibilitar el espacio y el silencio necesario para que el otro exprese, se encuentre, se mire, nos cuesta a veces tanto que no nos damos ni cuenta de cuán rápido queremos ir y que vayan nuestros hijos. El silencio es necesario, también en los niños, y es insustituible, porque como decía la gran filósofa Simone Weil y yo no me canso de repetir, “El ser humano tiene necesidad de un silencio cálido, y se le da un tumulto helado”. Dice además Simone Weil, “Es preciso, por una parte, que alrededor de cada persona haya un espacio, un grado libre de disposición del tiempo, posibilidades para dar el paso a grados de atención cada vez más elevados, soledad, silencio. Es necesario al mismo tiempo que esté a resguardo, para que el desamparo no le obligue a ahogarse en lo colectivo” Decirle a un niño lo que está sintiendo es muchas veces una forma de “ahogarlo en lo colectivo”, de impedirle que llegue a saber quién es él o ella en su especificidad, en su individualidad maravillosa e irreemplazable y que se pliegue al discurso del adulto.

¿Pero cómo podrá aprender el niño lo que le pasa si nunca nadie se lo ha nombrado? Pues he aquí el gran error de nuestros días: pensamos que los niños aprenden solo aquello que les decimos directamente, aquello en lo que les instruimos, y hemos dejado de lado otras cuestiones importantes. Esporádicamente nos encontramos con anuncios publicitarios que nos recuerdan de uno u otro modo que los niños aprenden lo que ven, cosa que muestra que se nos ha olvidado. Pero no se trata solo de lo que ven, sino también de lo que escuchan. ¿Cómo pretendemos que un niño aprenda que está triste por la muerte de su abuela si cuando nosotras estamos tristes le decimos que no nos pasa nada y buscamos una sonrisa forzada que borre el gesto de las lágrimas? ¿Cómo pretendemos que un niño aprenda que puede expresar su enfado, que se lo puede permitir y que hay modos de enfadarse sin dañar ni dañarse a uno mismo si no toleramos nuestros propios enfados y los acabamos dirigiendo a cualquier tontería antes que reconocer y manifestar su origen? No se trata de exponer al niño a todo nuestro mundo emocional, pero en esto de las emociones, estoy convencida de que es muy importante el lenguaje que usa la madre (y también desde luego el padre) respecto a sus propias emociones y su gestión de las mismas. De nada sirve hacer un mapa de las emociones y colorearlo en clase de valores cívicos, de nada sirve decir que existen no sé cuántas emociones y hacer ejercicios para identificarlas o leer un maravilloso cuento de un monstruo que se pone de colores si no hay algo más detrás… si no hay vida humana que muestra esta dimensión, si no somos adultas capaces de sostener nuestras propias emociones y darles salida, de sostener las emociones de nuestros hijos sin invadir su espacio, sus modos, sus tiempos, para que gestionen su vida según sus características y sus potencialidades, más allá de lo que nosotros esperamos.

Por eso en este blog de mujeres quiero hacer presente otro elemento fundamental que hemos dejado de lado y es que es en la relación con la madre cómo el niño o la niña van a aprender lo fundamental de las emociones porque aprenden a simbolizar, a poner y ponerse palabras, a ser un cuerpo sexuado, es decir, a ser hombre o mujer y lo que ello significa. La lengua materna, la que aprendemos de niños de nuestra madre (o quien ejerza de ella) y que nos enseña que eso es agua y eso una pera, y que cuando te caes te has hecho daño o que si lloras eres un mocoso, es la que establece cómo será nuestra significación de nuestra realidad, la física y la emocional. No es que lo que diga el padre no importe, pero en esto no hay posible igualdad y en esa pretensión de que la haya es cuando hemos perdido la medida para valorar lo que supone ese legado materno. Hay mucha diferencia entre que sea la madre quien le diga a su hijo “me parece que estás triste” cuando lo ve con los ojos caídos tumbado en el sofá y le brinda sus brazos y dispone todo su cuerpo para la escucha a que sea la profesora de ética la que le diga que la tristeza es “un sentimiento negativo en las personas” (palabras extraídas de un manual). Porque cuando la madre otorga el símbolo con sus palabras lo acompaña de todo su ser y eso es algo más que palabras.

Que nuestra sociedad incluya el discurso de lo emocional hasta en la sopa es un síntoma de que algo se ha perdido:

– Se ha perdido la legitimación para los aprendizajes que realizamos en familia (entiéndase familia como se quiera, que no se trata de hacer una apología de las formas de vida tradicionales ni mucho menos), es decir, de todo lo que aprendemos en el contexto del amor, pero también en el contexto de la contradicción. Los lazos afectivos entre madre e hija/o (también entre padre e hijo/a aunque creo firmemente que hay una gran diferencia), están atravesados por la contradicción y en ella aprendemos de nuestra libertad, aprendemos de la grandeza del amor, del poder de la violencia, de la necesidad de reconocerse como ser más allá de una colectividad. Como dice M. Milagros Rivera Garretas, “lo aprendido en la escuela de la madre, la escuela en la que se aprende a ser un cuerpo humano, se conserva a lo largo de la vida, efectivamente encarnado en la experiencia; pero la cultura moderna y post moderna y su enseñanza reglada apenas transmiten el relato de esta experiencia, porque no le reconocen autoridad”. Hemos desplazado el eje hacia la sociedad en general (a las escuelas, a los medios de comunicación, a los cuentos, al cine) para que hagan con nuestros hijos aquello que todo ser humano necesita pero que ya no creemos que se realice en el seno de las relaciones personales, porque éstas han pasado a un segundo plano, muy por detrás del trabajo, de los logros individuales, de los retos personales. Hemos llegado a pensar que las emociones son algo que me sucede a mí y hemos olvidado que no son únicamente lo que me conecta conmigo mismo sino también con los demás, con lo otro de mí, con aquello que va más allá de mí mismo.

Pero en este omnipresente discurso social sobre lo emocional se ha perdido también algo muy importante, una dimensión del ser humano a la que se accede desde lo emocional cuando es aprendido en esa lengua materna: la trascendencia. Las emociones se muestran valiosas cuando escapan a mi pensamiento, es decir, que aunque mi racionalidad intente analizarlas para deshacerlas, para comprenderlas, hay algo que no se deja atrapar. No son ajenas a mi voluntad pero no se someten a ella. Las emociones nos colocan de frente con nuestra finitud humana pero también con nuestra potencialidad, en ese ir y venir de la posibilidad a la imposibilidad, de aquello que puedo y aquello que escapa a mis posibilidades por mucho que me empeñe en controlarlo. Desde aqui podemos entender la maravillosa frase de la filósofa María Zambrano de que pensar es “descifrar lo que se siente”. No conceptualizar. No teorizar, descifrar aquello que estoy sintiendo y dejar que aquello que no comprendo también tenga su lugar. En este proceso en el que el pensamiento se manifiesta finito aparece eso que va más allá de mí, que me conecta con la vida y la muerte. Ante las emociones no somos espectadoras pero tampoco agentes de la acción y en ese limbo, en ese ser y no ser al mismo tiempo se nos manifiesta que somos seres de una vida que está en mí pero que va más allá de mí, vida en la que actúo pero que no controlo. ¿Acaso no es esta la mayor sabiduría que pueden mostrarme mis emociones? ¿La que nos muestra que somos finitos y a la vez infinitos? Dicen algunas que esta es una sabiduría propiamente femenina, que está especialmente en nuestro modo de ser en el mundo en un cuerpo femenino (aunque también esté en los varones de algún modo) por esa nuestra capacidad de ser dos (capacidad, no obligación, no maternidad impuesta para la autorrealización).

¿Y qué quiero decir con todo esto? Pues que tengamos cuidado y no nos perdamos en un discurso sobre lo emocional que no dé lugar al silencio de la escucha, que estereotipe las emociones sin dejar espacio para lo indecible que nos abre al misterio, que no apostemos por unas emociones individualistas que nos alejen de los demás, que no esperemos encontrar una solución directa y simplificada a todos nuestros problemas y mucho menos a los de nuestros hijos, que no quitemos valor a lo que enseñamos las madres, en lo que tienen de bueno y de malo, de posibilitador y de limitante, y no confiemos la educación emocional de nuestros hijos a quienes pueden transmitirles palabras casi sin cuerpo, sin la presencia amorosa que abre el espacio para poder ser, el espacio de una relación materno-filial insustituible.

emociones

otras entradas del blog:

De ser hija a ser madre de una hija

El valor de Cenicienta…. En defensa de los cuentos de hadas

 

: