Mujeres que dicen no, mujeres que dicen sí.

11 de febrero de 2015. elena martínez navarro

mucha dia nocheEn este mundo nuestro (occidental y del siglo XXI) parece que ser mujer tiene mucho que ver con ser capaz de decir “no”. En primer lugar, decir no a todas aquellas situaciones en las que la integridad de la mujer o su dignidad se ven comprometidas y que tendrían su origen en un acercamiento poco respetuoso a la condición femenina: no a la violencia machista, no a la desigualdad de salario ante un mismo trabajo o no a los abusos de poder por cuestión de género. Un fuerte “no” que se extiende a otros países y clama contra los abusos sexuales a las mujeres en las guerras, a la exclusión de las niñas de la formación académica y a otras muchas circunstancias de vulnerabilidad de las mujeres . Éste ha sido uno de los logros del feminismo: la concienciación de las mujeres en la necesidad de hacer visibles las situaciones de discriminación y de injusticia social vividas por muchas. Decir no, por tanto, nos incluye en la comunidad de mujeres que se preocupan por lo que les pasa a las mujeres, en el colectivo que seguirá haciendo hincapié en todo aquello que necesita modificarse en nuestra sociedad y en el mundo para que mejoren las condiciones de vida de todas las mujeres.

Pero también hay otro no que parece ser importante para ser mujer en nuestros días: es el no que dice una mujer en su día a día como manifestación de que sabe lo que quiere y de que es capaz de mantenerse firme en sus decisiones y sus deseos. Es el no que marca límites de forma clara, límites hacia los demás pero también hacia una misma. Es el no que le dices a tu madre cuando se empeña en veros a ti y a tus hijos todos los fines de semana para comer juntos en amor y compañía; el no que te dices a ti misma cuando te niegas a ponerte a planchar después de un duro día de trabajo; el no que les dices a tus hijos cuando insisten una y otra vez para quedarse más tiempo en el parque… porque estás tan cansada que podrías echarte a dormir en uno de los bancos con vistas a los columpios. Y no es un no fácil de aprender para muchas, porque parece que siempre somos capaces de más. Este no puede ser interpretado, por tanto, como forma de respeto hacia nosotras mismas.

Un no que establece diferencias con las generaciones anteriores, porque interpretamos la vida de la mayoría de las mujeres que nos precedieron desde el servicio a los demás: ser mujer significaba hace un tiempo ponerse en el último lugar en la cadena de necesidades y deseos familiares, atender a los demás y solo en contadas ocasiones atender a una misma. O más bien es que en muchas mujeres las propias necesidades y deseos se identificaban con los de los demás, sin que hubiera distinción real. De ahí que ser mujer se identificara en numerosas ocasiones con ser madre. La separación de la feminidad de la maternidad generó el espacio para que pudieran surgir “otros” deseos y necesidades… los propios, los de cada mujer que ahora se miraba a sí misma como ser individual y no como parte de un sistema familiar que le otorgaba sentido en cualesquiera aspectos de su vida.

En términos filosóficos podríamos decir que la aparición de esta nueva mujer es la aparición real del sujeto moderno en femenino. Diferenciada de su familia, con deseos propios… una mujer que busca la autorrealización, que se autoafirma y para ello excluye el servicio a los demás como eje de su vida. Una mujer que, durante más de tres décadas y tal vez aun hoy en algunos contextos, se define a sí misma desde la afirmación que sostiene que “cualquier mujer puede hacer lo mismo que un hombre” La igualdad se convierte en el horizonte desde el que comprendernos como mujeres. Y no se trata de igualdad en derechos sociales -igualdad necesaria y deseable- sino igualdad como eliminación de la diferencia: se desdibuja qué significa ser mujer como mujer y se muestra una mujer que lo es cuando se asemeja a un hombre en aquello que dice y hace. En lo único en lo que una mujer debe diferenciarse -y mucho- de un hombre es en su apariencia física, sobre todo porque una mujer debe seguir siendo ese oscuro objeto del deseo masculino.

Sin embargo llevo largo tiempo pensando en todo esto y he de confesar que estos planteamientos no me convencen por varios motivos:

En primer lugar porque descubro que al lanzar esas interpretaciones sobre las mujeres que nos precedieron lo hacemos desde nuestros parámetros de pensamiento actuales y por tanto no somos capaces de ver a esas mujeres como seres que articularon su libertad con modos diferentes a los nuestros. Estamos tan convencidas de que esa reivindicación de nuestra subjetividad es la libertad que no contemplamos otras posibilidades. Algo así como cuando miramos otra cultura desde la nuestra y nos parece equivocada porque el etnocentrismo nos ciega los ojos. Entonces intepretamos que las mujeres que se dedicaban al cuidado familiar no eran felices y nos entran ganas de decirles cómo debe vivir una mujer para ser libre y feliz. Nos falta aquello que el filósofo Gadamer denominó “caridad hermenéutica”, es decir, tendemos a pensar que sabemos mejor que esas mujeres lo que a ellas les conviene (tal y como también solemos hacer con las mujeres de otras culturas) …porque es lo que nosotras creemos que nos conviene.Este es el planteamiento mayoritario de un feminismo universalista que quiere mostrar la verdad sobre cómo deben ser y vivir las mujeres en cualesquiera ciscunstancias.

Pero además no me convencen esos planteamientos tampoco en lo que se refiere a la individualidad, porque una subjetividad construída desde la negación, que tiene la masculinidad (o más bien lo que nosotras proyectamos en ella) como modelo de referencia en cuanto a la libertad y la proyección de vida, me parece que se queda coja para definir la feminidad.

Porque, aunque lo hayamos creído así, decir “no” como principio de vida no es sinónimo de decir “sí” a una misma.

Parece que son dos caras de la misma moneda, y tal vez lo sean, pero es importante la cara sobre la que ponemos la atención. En tanto que esa autoafirmación nace de la necesidad de separarse de los otros para que los propios deseos, proyectos y necesidades puedan tener un espacio sin diluirse en ellos, la autoafirmación se contruye desde el convencimiento de que se está en peligro, de que en cualquier momento alguien puede venir y hacernos sucumbir… y entonces adiós deseos, adiós proyectos, adiós necesidades…y adiós mujer.

Articular la vida desde el no significa adentrarse en la perspectiva de la exclusión, porque la intención no se coloca en aquello que deseo o hago sino en aquello que no deseo y que no quiero. Cuando se define la feminidad desde la capacidad de negar nos situamos ante la vida desde la perspectiva de la lucha: decir no a otros o a ciertas cosas como forma de darles fuerza y presencia a mis deseos. El mundo y sus posibilidades se contemplan desde la hostilidad pues todo puede convertirse en una posible amenaza contra mi subjetividad. Pero además, las relaciones con los otros se contemplan desde la competencia. Competencia con la pareja por el tiempo y el espacio disponible para una misma; competencia con los compañeros de trabajo ante determinadas tareas a realizar. Ser una misma solo se conseguiría cuando no nos damos por vencidas en la batalla, cuando no perdemos de vista el objetivo que es el yo… un yo que quiere ser feliz siempre, a todas horas, sobre todo lo demás…

Pero la lucha con los demás y con una misma nunca acaba siendo satisfactoria… no nos permite una vida relajada… Porque no es lo mismo decir no desde la cabeza, desde el cálculo de qué debo hacer o decir a los demás para protegerme mientras el cuerpo nos grita a través de su malestar que dejemos de luchar, que el no que nace de un sentir profundo de amor por lo que somos, por la mujer que somos. No esa que quisiéramos ser, sino la que ya somos. A veces ese primer no es nuestro aliado perfecto para no mirar todo lo que tenemos pendiente con nostras mismas, lo que necesitamos cuidar para realment sentirnos cuidadas, para desarrollarnos en lo que ya aquí y ahora somos.

De alguna forma lo que quiero decir es que para poder decir un no que no nos deje en permanente malestar, que nos nos hiera sino que nos sane, es necesario antes poder decir sí. Un sí profundo que arriesga y sabe que en la vida no todo es control, seguridad y situaciones agradables. En palabras del filósofo Nietzsche, es el sí a la vida en todas sus dimensiones, las agradables y las desagradables, las placenteras y las dolorosas. Un sí a la mujer que somos desde la aceptación profunda de lo que somos, y no porque sea necesario aceptarse a una misma con sus imperfecciones sino porque brota un amor profundo por la vida y la existencia de una misma y de los demás que borra esa mirada que solo veía imperfecciones. Porque si me construyo desde la exclusión puedo acabar renunciando a ciertos aspectos de mí misma y de la vida que pueden traerme plenitud a pesar de las apariencias. Ese es el no del resentimiento, el no que busca eliminar todo aquello que tiene la vida de sucio, de excesivo, de muerte, de dificultad.

Si ser mujer se entiende desde la posibilidad de decir no tanto a nivel social como individual, entonces cuando una mujer dice sí, éste puede entenderse como una concesión. Porque se pierde la medida de la renuncia y acabamos pensando que todo es posible, incluso posible cuándo y como queremos; pero además, se pierde la medida de la afirmación ante aquello que no se corresponde con lo que deseo. Centrar la vida en el no nos hace olvidar las virtudes que tiene decir sí, pero también las virtudes del no a una misma, a que el ego lo domine todo, a que todo se articule como posesión, como algo “mío” y de nadie más. Ese no nos deja encerradas, nos impide ver la amplitud de la vida, de las relaciones.

Recuperar el sí como perspectiva vital implicaría reconciliarnos con nosotras mismas y con la vida. Decir sí a todo lo que nos trae la vida, incluído el dolor, el malestar, las dificultades en las relaciones, las limitaciones del cuerpo, las frustraciones del alma, es dejar de estar en lucha y abrir las manos y el corazón. Un sí que entiende que el mundo está lleno de situaciones injustas sobre las que seguramente no vamos a poder actuar tal y como nos gustaría, pero que más allá de la lucha por que estas situaciones cambien, están las personas implicadas en ellas, a las que puedo acercarme con honestidad y respeto para poder contemplarlas en su belleza y ofrecer aquello que mi ser les puede ofrecer.

Decir sí como parte de nuestra feminidad nos devuelve la libertad que desde siempre hemos tenido y que se nos había perdido de vista en ese empeño por decir no, nos abre a la posibilidad de un feminismo diferente que no está siempre cabreado. Porque cuando una mujer dice sí se hace presente el misterio y la belleza.

Una mujer que se dice sí a sí misma y se aleja del resentimiento será una mujer en paz sean cuales sean las circunstancias que la envuelven, aunque esté sumida en un momento realmente difícil para ella o los suyos. La paz que nos permite pedir que nos arropen cuando nos sentimos débiles, la paz que nos permite arropar cuando otros lo están y nos lo piden. Y la paz irradia luz que transforma el mundo y la propia realidad. Porque cuando una mujer dice sí a la vida y a los esfuerzos que el mantenimiento de esta requiere, cuando se dice sí a sí misma en todas sus debilidades pero también en todas sus grandezas más allá de lo que otros dicen de ella, ya no importan cuantas limitaciones digan que existen, porque ella sabe las que existen, y entonces sus deseos despliegan sus alas para empezar a volar.