No soy una diosa…tan solo soy una mujer

viernes, 4 de octubre de 2013

las tres graciasAntes de abrir un nuevo libro o un nuevo sitio en internet sobre el ciclo menstrual me invade la alegría al pensar que estamos en un lugar muy diferente a aquél en el que muchas de nosotras crecimos: la regla cada vez es menos silenciada y queda lejos el que no se pueda hablar de ella sino en términos despectivos o desde una perspectiva exclusivamente biológica. Cada vez más mujeres estamos dispuestas a mirar y mimar nuestros cuerpos desde dentro, desde lo que sentimos y vivimos y no solo desde los ojos de los demás. Cada vez haya más mujeres interesadas en conocer las posibilidades del ciclo menstrual, en compartir con otras mujeres cómo entienden su feminidad y en poder transmitir a las generaciones venideras cierta actitud hacia el propio cuerpo de respeto y de escucha. Y todo esto es, sin duda, un motivo de gran alegría.

Sin embargo muchos de los discursos de los que ahora se están elaborando sobre el ciclo menstrual, sobre las mujeres y su empoderamiento, y sobre la feminidad en general me resultan extraños e incluso sospechosos. Si es cierto que hay muchos modos de que las mujeres (y los hombres) elaboren su propia identidad y que las formas de hacerlo son tan diversas como individuos, también lo es que no podemos pensar ingenuamente que cualquier planteamiento que se nos ofrezca en ese recorrido de construcción de uno mismo puede ser válido… porque hay discursos que se muestran como alas para la felicidad y sin embargo esconden que en ese vuelo que nos proporcionan no podremos elegir ni la ruta ni el destino.

El filósofo francés del siglo XX Michel Foucault denominaba “tecnologías del yo” a los discursos que “permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad[1]. Cada cultura establece estas tecnologías del yo siempre de la mano de otras tres: las de producción –para manipular y producir-, las de los sistemas de signos –para el uso de los símbolos, sentidos y significaciones- y las del poder –para determinar y someter las conductas de los individuos a determinados fines. Es decir siempre cualquier discurso que sirva al sujeto para construirse personalmente irá ligado a otros discursos dirigidos a que ese sujeto se integre en la cultura en la que vive y contribuya con ello a la sociedad. Nunca los discursos son neutros, sin embargo hay algunos que dejan un mayor espacio para la libertad personal que otros, algunos que amplían el horizonte del individuo frente a otros que lo cierran. Descubrir los modos en que se ampliaba la libertad, desenmascarar los discursos que se habían convertido en enemigos de la felicidad de las personas para poder cambiarlos fue motivo fundamental de la filosofía que Foucault. En sus propias palabras: “enseñar a la gente que son mucho más libres de lo que se sienten, que la gente acepta como verdad, como evidencia, algunos temas que han sido construidos durante cierto momento de la historia y que esta pretendida evidencia puede ser criticada y destruida”.

Así, cada vez que alguien escribe sobre el ciclo menstrual para proponer una alternativa al silencio o a la vergüenza en la que durante tantos años ha estado la menstruación, o a los que solo permiten como válido un acercamiento científico a la misma, o a los que la intentan sacar del pozo de las lacras de la mujer, pues estamos de enhorabuena. Sin embargo no podemos dejar de preguntarnos ¿qué visión de la realidad y de uno mismo están intentando transmitir? ¿qué espacio dejan para mi propia libertad, para mi propio desarrollo?

Por eso no puedo evitar plantearme ¿qué hay detrás de un discurso que me habla de ser diosa a través de los dones de mi ciclo menstrual? ¿Qué tipo de felicidad me puede proporcionar sentirme “diosa”? ¿Qué intereses pueden tener quienes lo propagan? Y todo lo que se me ocurre no me convence. Las diosas, por definición, no son humanas… y no creo que situarnos en el Olimpo nos permita comprendernos como humanas. Aunque lo que se nos quiera comunicar es que somos dueñas de nuestras propias vidas, que somos poderosas como individuos que pueden hacerse cargo de sus propias existencias, que si nos re-conectamos con nuestro cuerpo descubriremos todo un mundo de posibilidades, no creo que sea el mejor lenguaje para hacerlo, porque como hemos dicho, los discursos siempre son mucho más que palabras. Aunque haya muchos tipos de diosas y algunas de ellas parecen muy humanas, siempre se definen desde una única perspectiva (y por eso pueden convertirse en figuras arquetípicas). Si examinamos las diosas griegas vemos que Hera, la diosa de la familia, señora del cielo y la tierra, es colérica, celosa, violenta; Deméter, la diosa de la agricultura, es bondadosa, maternal; Hestia, la diosa del fuego del hogar, de la ciudad, es solemne, insensible a Eros; Afrodita, la diosa del amor y del deseo es frívola, turbadora; Artemis, la diosa de la caza, es arisca y vengativa; Atenea, la diosa de la sabiduría es inteligente y creativa; etc. Solo si uniéramos a todas estas diosas podríamos encontrar algo parecido a lo que es una mujer real: a veces maternal y otras colérica; a veces solemne, otras frívola o compasiva, o creativa. Y son precisamente todas estas características en una única persona las que nos hacen plenamente humanos, no divinos, no ideales, sino simplemente reales.

El ciclo menstrual me puede ayudar a integrar todas estas facetas que tantas veces se pelean en nuestro interior, a poder mirar nuestra ira desde la comprensión y nuestro amor desde la lucidez, nuestra creatividad desde el deseo, nuestra inteligencia desde la bondad…. Y tantas otras cosas tan humanas, tan maravillosamente humanas que no puedo sino afirmar…

Yo no soy una diosa, tan solo soy una mujer.

Pero hay algo aún más interesante para que no considere que hablar de diosas sea la mejor opción para aproximarnos a nuestro ciclo menstrual: las diosas no sangran, pues por sus venas no puede correr sangre sino fluido eterno. ¿Cómo entonces podrían las diosas entender que con la menstruación a veces lloramos, o reímos, o nos enfadamos, o soñamos, o bajamos el ritmo, o nos sentimos exultantes, y muchas otras sensaciones y emociones que sentimos al menstruar?

No soy una diosa, soy una mujer que quiere comprenderse como mujer, que no quiere que nadie la despiste haciéndola creer todopoderosa, porque no lo es.

Como dice  Sócrates: “Yo he alcanzado este popular renombre por una cierta clase de sabiduría que poseo. ¿De qué sabiduría se trata? Ciertamente, de una sabiduría propia de los humanos. Y en ella es posible que yo sea sabio, mientras que, por el contrario, aquellos a los que acabo de aludir quizá también sean sabios, pero en relación a una sabiduría que quizá sea extrahumana, o no sé con qué nombre calificarla. Hablo así porque yo, desde luego, ésa no la poseo ni sé nada de ella, y el que propale lo contrario o miente o lo dice para denigrarme”.

Platón,  Apología de Sócrates.

Y tú, ¿qué tipo de sabiduría quieres para tu vida?

Entradas relacionadas

 


[1] Michel Foucault, Tecnologías del yo, editorial Paidós. Barcelona 1996, pag 48.