Sobre la crisis de masculinidad

8 DE NOVIEMBRE DE 2015. JAUME PEY IVARS.

La experiencia con los grupos de varones nos dice que a los hombres nos cuesta identificar lo que es propio de la masculinidad y diferenciarlo de lo humano en general. Recientemente, enfrentados a la pregunta por “qué hitos en tu historia te han convertido en el hombre que eres“, los varones no sólo no interpretaron dicha cuestión en términos de masculinidad o virilidad (palabra hoy sospechosa y en desuso), sino que al hacérselo notar afirmaron que no acaban de “ver la diferencia” entre llegar a ser hombre y llegar a ser mujer… Se trataba, claro está, de llegar a ser humano…

Sin embargo, lo cierto es que la pregunta por la feminidad, aún en los casos en que más perpleja pueda dejar a una mujer, no deja de ser comprendida por ella -siempre y cuando no se plantee como un producto acabado, sino como un hacer, como una actividad que no puede ser clausurada-. Y sobre todo, es una cuestión perfectamente distinguible del proceso de hacerse humano. De forma que nos encontramos con que mientras los varones hoy en día se preocupan por devenir humanos, “las humanas” no han dejado de enfrentarse, de una forma u otra, a su devenir mujer.  Las mujeres queremos ser mujeres“, leíamos recientemente en el último post del Blog de mujeres, con lo que se daba a entender que podrían no querer.

Por su parte, el hombre que deviene padre no parece dudar de su ser hombre. Lo vive, incluso, como un hecho acabado; puede dudar de su valía como hombre, de su “dar la talla”, pero no de de que es definitivamente hombre. Ahora bien, esto parece un hecho -casi un resto- puramente biológico sin consecuencias simbólicas significativas. Es ante todo humano, y renuncia de antemano a todo privilegio relacionado con su masculinidad.

Lo cierto es que en esa renuncia uno no deja de tener cierta sensación de pérdida. Dos películas recientes, de calidad desigual, vienen en mi auxilio para tratar de explicitar dicha sensación. La primera es El becario, escrita, dirigida y producida por una mujer, Nancy Meyers; el film está repleto de referencias al cambio de referentes masculinos, o mejor, a la pérdida de referentes. Aunque los hombres aparecen en ella como tipos imaginarios de la mujer, y en este sentido como tipos fijos, sin evolucionar a lo largo de la película (prácticamente se limitan a acompañar su evolución, la de la mujer protagonista), revelan muy bien la sensación de pérdida explicitada precisamente por la mujer que permanece atenta a lo masculino.

El hombre de ayer y el de hoy.

Cito de memoria: “Mientras nosotras hemos pasado de chicas a mujeres, vosotros habéis pasado de hombres a chicos“. Habríamos dejado de ser -a ojos de ella- el hombre (adulto) que siempre tenía un pañuelo que ofrecer para enjugar sus lágrimas; habríamos renunciado a ser el sostén económico de la familia en beneficio de la mujer, e incluso -en otros casos- a independizarnos de los padres si no somos forzados por ellos; habríamos tratado, en los casos de hombre-acompañante más “perfecto y comprensivo”, de convertirnos en excelentes madres y amas de casa, abandonando la paternidad como principio de autoridad (no dejéis de ver este anuncio: “ser el bueno de la película“); e incluso habríamos empezado, irónicamente, a tener jaquecas cuando ellas quieren sexo.

Digamos que este relato explica lo extremadamente descolocado pero coherente que resulta la aparición de hombre en la segunda película, “Hotel Transilvania 2“. En ella el único padre merecedor de tal nombre es el abuelo, y más específicamente el abuelo materno. El padre biológico no deja de ser un chico, un adolescente -se supone que físicamente adulto, aunque no lo parece- que esconde su voz, que se repliega y somete sin chistar a la autoridad reconocida de la madre; no pretende más que acompañarla a donde ella decida ir sin hacer presente sus deseos, y no ha dejado de ser el mismo inadaptado adolescente que era cuando la encontró. La película resulta realmente sorprendente y reveladora: una familia la forman, esencialmente, la madre, su hijo y el abuelo materno, mientras que el resto aparecen como acompañantes que pueden estorbar o ayudar, y el padre, como un apéndice (del que se espera, supongo, que no provoque apendicitis).

Atentos a la presencia, la altura, la ropa, el encuadre….

La renuncia del hombre, por tanto, parece haber sido una renuncia al padre. Si lo entendemos en sentido literal, hay que pensar en la figura tradicional del pater familias: el “cabeza de familia”, antiguamente único ciudadano libre -económica y políticamente-, poseedor de niños, mujeres y esclavos. Hoy en día, en la misma medida en que como hombre ha renunciado al privilegio exclusivo de la libertad política y económica declarándolos “humanos”, y que como padre ha renunciado a poseer a los otros y a sostener en exclusiva la autoridad de la familia, ¿ha asumido otra forma de masculinidad? Díría yo que no, y que más bien parece hallarse ante la siguiente disyuntiva:

Permanecer aferrado a su virilidad, pero como adolescente; o ser adulto, pero como humano.

Los padres a los que nos referíamos al principio parecen optar por esta segunda opción: compartir la paternidad-maternidad, compartir su devenir humano. Y sin embargo, cuando trazaron el recorrido de su hacerse humano, contestaron con los trazos de la masculinidad/paternidad tradicional: emanciparse de la familia de origen, elegir a una mujer, formar una familia,… Lo que no parecían saber era que una mujer jamás contestaría que se va haciendo mujer (no humana sin más, sino mujer) al emanciparse de la familia, elegir a su hombre y formar una familia (que no hay que confundir con el ser/hacerse madre).

La vivencia no puede dejar de ser contradictoria, ¿cómo hacerse varón haciéndose humano?, ¿cómo contentarse con el resto puramente físico? O asumimos conscientemente el rol de hombre/padre tradicional, cosa que espero que no estemos dispuestos a hacer, o aceptamos que, como sucede con el ser mujer, el ser hombre es algo que habrá que construir simbólicamente asumiendo el reto de un nuevo discurso -puede que distinto para cada varón-, asumienod la vivencia de la crisis, empezando por reconocer que la presencia del cuerpo del varón, como la del padre, es algo que va más allá de lo puramente biológico.