Todas necesitamos ser salvadas (Sobre la fuerza de la ternura)

27 de diciembre de 2014. elena martínez navarro

guayasamínmadreLa navidad como tiempo para la solidaridad se ha convertido en uno de los grandes reclamos publicitarios. Este año diversos anuncios de marcas y entidades relevantes se han valido de esta solidaridad como reclamo. Coca Cola nos invitaba directamente a ello con su eslogan “Haz feliz a alguien” y el anuncio de la Lotería -que tradicionalmente buscaba hacernos soñar- ha querido apelar a nuestro deseo de mejorar la vida de quienes apreciamos para convencernos de la importancia de participar en el sorteo. “El premio es compartirlo”. Escucho a mi alrededor a quienes se enfadan ante esta instrumentalización de la capacidad empática del ser humano y que gritan a los cuatro vientos que hemos de ser solidarios todo el año, que siempre hemos de preocuparnos por lo que le pasa al vecino e intentar ayudarlo. La compasión navideña se les antoja falsa, hipócrita, lava-conciencias, y no fruto de un compromiso sincero con la humanidad. No les falta razón y no voy a intentar quitársela con la tradicional afirmación de “más vale una vez al año que nunca”. Sin embargo hoy quiero analizar el reclamo a la solidaridad navideña para poder separarlo de la auténtica solidaridad. Porque si en navidad se apela tan fácilmente a nuestra capacidad empática es porque es el tiempo en el que se hace presente la fuerza de la ternura, una fuerza que me atrevo a calificar de “femenina” (lo cual no significa exclusiva de las mujeres, pues está presente en todos los seres humanos) y que habla de la capacidad de dar vida, en sentido literal pero también en el metafórico.

La solidaridad como reclamo publicitario no deja de ser una estrategia que pretende afianzar nuestra concepción de la libertad como libertad de consumo y que sitúa a los objetos como mediadores en las relaciones humanas. La perspectiva que nos contempla como consumidores pretende transmitirnos que nuestra libertad se pone en juego de forma decisiva cada vez que tenemos que decidir qué vamos a comprar. Esta simplificación perversa de nuestra libertad puede llevarnos a olvidar las posibilidades de nuestra libertad, la libertad relacional, la que sentimos en el establecimiento de auténticos vínculos con nuestros hijos, con nuestras parejas, con nuestros amigos, con las personas en general; la libertad que nos permite ser nosotros mismos con los otros, que nos trae la felicidad y que Fátima Mernissi describía tan bien en su precioso libro Sueños en el umbral, La felicidad era estar con los seres amados y aun así sentir que se existía como ser individual, que no se vivía solo para hacerlos felices”.La libertad como consumo nos empuja a vincularnos con los demás a través de los objetos, pero cuando los objetos se convierten en mediadores, algo de la relación humana se pierde, algo se cosifica… y creemos que cuanto mejor (más caro, más grande, más bonito…) más demostraremos cuánto queremos a esa persona, y entramos en luchas internas al dejarnos llevar por ciertos compromisos sociales que nos empujan a regalar algo a quien no tenemos ganas de regalarle nada… y entrando en la rueda del consumo nos volvemos un eslabón más de esa gran cadena. Así, la solidaridad entendida igualmente a través del consumo, la que se entiende solo desde un “dar objetos” nos lleva a olvidar las verdaderas posibilidades de la solidaridad humana, la que habla de acercarnos al otro con honestidad, con las manos y los oídos abiertos a sus necesidades. Llenar una bolsa de comida para el banco de alimentos puede ser realmente importante para paliar las necesidades materiales de muchas familias, sin embargo puede convertirse en la estrategia que me permite tranquilizar mi conciencia y no me permite acercarme con sinceridad a esa persona que sé con seguridad que lo está pasando mal.

La navidad es mucho más que consumo y la solidaridad mucho más que dar dinero, comida y ropa. Conseguir sustraernos a la lógica del mercado puede ser la condición de posibilidad de que la navidad realmente se produzca en nuestros corazones (aunque suene tremendamente cursi). Porque celebrar la navidad es celebrar todo aquello que nace en nuestras vidas, simbolizar que la luz llega después de la oscuridad, dejarnos empapar por ella. Navidad para celebrar la vida como regalo, en toda su grandeza y su fragilidad. Navidad como tiempo en el que hacer presente nuestra capacidad de “regalar”, de cuidar de los otros, de atenderlos en sus necesidades de amor, de protegerlos para que crezca la vida, … tal y como hace una madre con su bebé. Capacidad de dar amor que se hace muy presente en las mujeres por nuestra capacidad de “ser dos”, de gestar y sostener la vida. Capacidad de amar que tiene el poder de equilibrar las injusticias, las diferentes violencias que somos capaces de ejercer los seres humanos. La filósofa Simone Weil fue calificada de “loca” por De Gaulle cuando en la Segunda Guerra Mundial propuso al gobierno francés que generara un cuerpo de enfermeras que, situadas en el campo de batalla, pudieran atender a los soldados heridos lo más pronto posible. Ella lo describía así: “Ningún símbolo puede explicar mejor nuestra inspiración que la formación femenina aquí propuesta. El simple persistir de una tarea humanitaria en el centro mismo de la batalla, en el punto culminante de la ferocidad, sería un clamoroso desafío a la ferocidad que el enemigo ha elegido y que a su vez nos impone. El desafío llamaría todavía más la atención porque las que desarrollarían esas tareas humanitarias serían mujeres y estarían animadas por una ternura materna. De hecho esas mujeres serían pocas y el número de soldados a los que podrían atender sería proporcionalmente pequeño, pero la eficacia moral de un símbolo es independiente de la cantidad” 1. La solidaridad, entonces, no porque nos permita salvar el mundo, sino por la eficacia simbólica de una solidaridad que habla de la necesidad de cuidar para compensar la destrucción que todos nosotros somos capaces de ejercer… con los demás y con nosotros mismos. Desde esta perspectiva la navidad es una oportunidad para recordarnos esa nuestra capacidad de darnos más allá de los objetos, la fuerza moral que poseen los pequeños gestos de la ternura.

Pero, tal y como le pasa a las madres con sus bebés, en el mismo acto de dar, de cuidar, de atender a otros, es mucho lo que recibimos. Poner el acento sólo en lo que damos nos puede llevar a olvidar todo aquello que nosotros hemos recibido de la vida, de los otros. Sentirnos regalados y no solo querer regalar, para no creernos imprescindibles, poderosos frente a otros, omnipotentes con los males del mundo. Precisamente porque en las mujeres está muy presente esa capacidad de darse, de generar, podemos fácilmente ponernos en una posición de poder que se acerca a los otros con condescencia. Y todas hemos visto cuan poderosas son esas mujeres que se sientan las últimas a la cena por querer que todo esté perfecto para los demás, que se colocan en el último lugar frente a los otros y con ello consiguen erigirse en el centro de las relaciones. Por eso es fundamental que no olvidemos que todas (y todos) necesitamos ser acogidas, cuidadas, queridas y si no lo permitimos, nunca podremos acoger. La solidaridad más allá de los objetos exige del reconocimiento de la vulnerabilidad en el otro en determinadas situaciones desde el reconocimiento de la propia vulnerabilidad, desde el reconocimiento de la necesidad de cuidarse y ser cuidada por otros en numerosas circunstancias. Solo quien ha recibido mucho, quien deja que la vida le colme con sus dones está en disposición de poder ofrecer algo a los demás. Por eso la navidad es una oportunidad para enternecernos, para recordarnos todo aquello que la vida nos ha regalado, para cuidarnos y dejarnos cuidar, por los otros y por nosotros mismos. Porque esta es también la fuerza de la ternura, la que nos permite conmovernos con nuestra propia realidad, con nuestra fragilidad y nuestra necesidad de los otros, la que nos saca de las posiciones de poder de acercarnos a los otros para salvarlos y nos permite mirarlos en condiciones de igualdad. Tal vez ese sea uno de los sentidos de conmemorar en la tradición cristiana el nacimiento del Salvador: liberarnos del peso de nuestras pretensiones humanitarias, recordarnos que todos necesitamos ser salvados. Dejémonos conmover por la fuerza de la ternura, querámonos un poquito más, para poder querer a los otros y sentirnos vibrar con toda la humanidad.

Feliz Navidad y próspero 2015.

1Recogido en Mª Milagros Rivera Garretas, El cuerpo indispensable edit horas y Horas, Madrid 2001, pag 76