Trazar puentes. (Vivir lo negativo)

9 febrero 2016. Jaume Pey Ivars.

1.

No estamos preparamos para lo negativo. Interpertamos el mundo en positivo y de ese modo nos disponemos a vivir, a acoger, a actuar, a esperar… proyectando la vida que queremos, no la que no queremos. Es decir, tal vez temamos lo malo o esperemos lo peor, pero no lo planificamos ni no lo buscamos conscientemente. Y cuando eso pasa, cuando buscamos morir, es precisamente porque lo negativo “ha podido” con nosotros, nos ha sorprendido y ha ocupado todo el espacio, hasta el punto de ser incapaces de asimilarlo.

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Pero lo negativo en sus diversas formas (la muerte y el duelo, el dolor y la enfermedad, el abandono y la traición, la tristeza, la fragilidad, etc…) no sólo es parte de la vida, sino que las más de las veces llega de la mano de positivo -y eso cuando no lo buscamos inconscientemente-. Por eso, porque pretendemos seguir viviendo la vida en positivo, o más claramente: porque queremos tener una buena vida…, es necesario desollar estrategias para afrontar de una u otra forma lo negativo que tiene la vida.

Eso es algo que hacemos a lo largo de nuestro crecimiento. Hacerse adulto es descubrir y experimentar que la vida es difícil, imperfecta y llena de obstáculos, y que a pesar de ello vale la pena vivirla. Es decir, hacerse adulto es aprender a vivir incluso cuando lo malo nos alcanza. Y eso pasa no sólo por descubrirlo, sino también por afrontar dicho descubrimiento y ser capaz de integrarlo en el conjunto de nuestra vida; tener el valor de asumir dicha experiencia, mirarla sin negarla, atravesarla y darle un lugar -al contrario que haría un niño, que cree que al cerrar los ojos lo que no ve desaparece -.

De ahí que sea tan equivocado hacer sufrir a nuestros hijos como pretender evitarles el encuentro con lo negativo, es decir, con las dificultades, las frustraciones y los obstáculos… Primero porque es inevitable. Pero también porque si pudiéramos evitarlo, si pudiéramos encerrándoles en una buruja, estaríamos obstaculizando su crecimiento, cercenando sus potencialidades e impidiéndoles ser adultos. Estaríamos robándoles el placer y la satisfacción de superar las dificultades por sí mismos.

2.

La estrategia más habitual en nuestro entorno para afrontar lo negativo -en consonancia con el deseo de ahorrarles a los hijos toda frustración- es gradual: ocultar lo negativo si es posible (negarlo, taparlo…); huir cuando no se puede ocultar (mirar hacia otro lado, distraerse, desconectar…); y pasarlo rápido y con el mínimo coste cuando tampoco podemos huir (aceptarlo rápidamente y hacer algo, lo que haga falta, para limitar su presencia).

Ahora bien, lo que se aprende de ese modo es que se debe hacer cualquier cosa con tal de no afrontarlo. Que es demasiado desagradable como para ocupar su tiempo y su trabajo en ello. La enseñanza moral no es que no exista, sino precisamente lo contrario, que es demasiado real y abrumador, y que por eso debemos temerlo. Y como no vamos a poder hacer nada frente a ello, mejor taparlo, ocuparnos de otro cosa más agradable, pasarlo rápidamente… Psicología positiva (o coaching…): céntrate en lo que sí que sabes hacer, piensa que toda va ir bien, sueña, lucha y no te resignes… Medicina preventiva y sintomatológica: evita enfermar, esconde los síntomas, huye del dolor… Lenguaje políticamente correcto (necesidades educativas especiales, capacidades especiales…). Industria del ocio y el entretenimiento… Y un largo etcétera.

Sin embargo, de una forma u otra, lo negativo acaba por alcanzarnos a todos, es decir, por imponerse y por exigirnos el trabajo de atravesarlo. En ocasiones, porque efectivamente su presencia es tan abrumadora que no podemos ocultarla, evitarla o minimizarla; en otras, porque tras haber conseguido negarlo y hacer como que no existe muta y reaparece transformada, con otra cara -enfermedad, miedo, cansancio, conflictos,…-. La experiencia nos enseña que lo negativo que no se afronta como tal no desaparece, sino que acaba por alcanzarnos de otra forma.

3.

Por tanto, tener una buena vida pasa por desarrollar estrategias que nos permitan hacer que lo negativo ocupe su lugar; por aprender a trazar puentes para 1d6atravesarlo e integrarlo en una visión más honesta y adulta de la vida. Esa es, en definitiva, la diferencia entre el adulto y el niño. El adulto no sólo rechaza la fantasía de un mundo meramente positivo (de hecho o como posibilidad), sino que ha aprendido a vivir con ello, con lo duro que tiene la vida, y a darle un lugar en su camino. Y lo sorprendente es que eso le añade valor a la vida en vez de restarle: ayuda afirmar la vida en su conjunto, en lo que tiene de bueno y de malo.

Ese es el sentido más evidente de la osada propuesta del “eterno retorno” de Nietzsche… La prueba de fuego: estar dispuesto a volver a vivir tu vida tal y como ha sido; decir sí a la vida, un sí honesto que la incluya toda ella, también en lo que tiene de difícil y negativo.

Esa misma sabiduría es la que se niega cuando, como hacemos hoy, se eleva la adolescencia y la juventud al más alto de los valores. La diferencia entre el ideal cándido de una vida feliz y el deseo adulto de una buena vida, entre la sabiduría tranquila del anciano experimentado frente al ideal ciego del joven de gozar desesperadamente… Una desesperación que revela no tanto un deseo de vivir plenamente como un profundo miedo a la vida, es decir, a lo difícil, peligroso y doloroso que tiene la vida.

Si creyeseis más en la vida, os lanzarías menos al instante. ¡Pero no tenéis bastante contenido para la espera – ni siquiera para la pereza!

(Nietszche,De los predicadores de la muerte” en Así Habló Zaratustra).

Los sorprendente es, como decía, que atravesar la experiencia de lo negativo aporta un plus de valor a la vida en vez de restarlo… Y entiéndase bien, no se trata de cultivarlo ni de buscarlo masoquistamente, sino de aprender a afrontarlo (y no ya de enfrentarlo).

Pero afrontarlo es algo que no se enseña, porque no hay una tecnología o unos pasos que seguir para aprender de lo negativo. Afrontarlo es algo que se aprende, que se descubre y se construye subjetivamente, autónomamente… De modo que no hay un aprendizaje final y definitivo -de lo negativo, de la vida-, un aprendizaje perfecto y acabado; sino que aprendemos a aprender de lo negativo, tal y como aprendemos a nombrar las cosas por su nombre, a darnos tiempo y esfuerzo… Y a eso es a lo que llamamos, en definitiva, APRENDER A VIVIR.